Yahir se dirigió a Julián con una mirada profunda.
—Dale una oportunidad. Quizá les devuelva un milagro.
Julián apretó los labios y luego asintió con determinación.
—Papá, mamá... Yahir tiene razón. La abuela ya está en el límite; las cosas no pueden empeorar. Yo confío en ella. Y si no confían en ella, confíen en Yahir.
¿Qué clase de personas despertarían a media noche y cruzarían la ciudad solo para meterse en problemas ajenos?
El simple hecho de que Yahir y Felisa hubieran estado dispuestos a ayudarlos era algo digno de gratitud.
En el interior de la habitación, Felisa no tenía idea del conflicto que se desarrollaba en el pasillo. Estaba completamente absorta en su tarea, sin apartar los ojos del cuerpo de la anciana ni por un segundo.
Sus nervios estaban a flor de piel. Aparte de su maestro, nunca había tratado a un paciente real. Una fina capa de sudor cubría su frente mientras la tensión la embargaba.
Pero cuando insertó la última aguja con precisión absoluta, el milagro ocurrió.
La respiración de doña Beatriz comenzó a estabilizarse de manera asombrosa. Su pecho, que antes apenas se movía, subía y bajaba con un ritmo suave pero constante. El tono cadavérico de su rostro fue cediendo ante un ligero rubor cálido, y sus extremidades frías recobraron temperatura.
Felisa contuvo la respiración.
Al segundo siguiente, los párpados de la anciana temblaron y tragó saliva con pesadez. De pronto, tosió con fuerza y expulsó una pequeña cantidad de sangre oscura y coagulada.
La sangre tóxica que bloqueaba sus arterias había sido liberada, y la circulación sanguínea se restableció de golpe, llevando vitalidad a cada rincón de su cuerpo.
Felisa exhaló largamente, sintiendo que el nudo en su estómago desaparecía.
¡Lo había logrado!
Tomó un pañuelo limpio y limpió con delicadeza la comisura de los labios de la anciana, hablando con un tono suave y reconfortante.
—Doña Beatriz, ¿cómo se siente?

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