Felisa asintió con firmeza y subió las escaleras sin dudarlo.
Dentro de la habitación principal, don Alberto y la señora Alicia velaban a doña Beatriz. El hombre tenía los ojos hinchados por el llanto y sostenía la mano inerte de su madre con desesperación, susurrando sin cesar:
—Mamá... mamá...
Pero la anciana ya no reaccionaba. Había entrado en una letargia absoluta.
A diferencia del falso rubor de la noche anterior, su piel lucía de un tono grisáceo y escalofriante. Su respiración era prácticamente imperceptible y sus extremidades estaban heladas. A su lado, el monitor cardíaco emitía pitidos arrastrados y agudos. Las líneas verdes caían dramáticamente; sus pulsaciones amenazaban con formar la temida línea recta. Era el escenario más crítico que habían enfrentado jamás.
Felisa se acercó rápidamente a la cama y colocó las yemas de sus dedos sobre la muñeca de la anciana. Su expresión se volvió sombría de inmediato.
—Les pido que salgan de la habitación, por favor —ordenó con voz autoritaria.
Alberto y Alicia intercambiaron miradas llenas de desconcierto. Cuando el padre estuvo a punto de quejarse, Julián intervino, empujando suavemente a sus padres hacia la puerta. El resto del equipo médico obedeció en silencio.
Antes de cruzar el umbral, el médico jefe se detuvo.
—Señor Serna, la paciente ya está en sus últimos momentos. Su cuerpo no resistirá más intervenciones... Yo sugiero que aprovechen estos minutos para despedirse y decirle lo que sienten —dijo, sonando a la vez impotente y definitivo.
El rostro de Julián se congeló en una máscara de hielo.
—No les pago millones para que vengan a declararla muerta frente a mis narices. Si ustedes no pueden hacer nada, eso no significa que los demás no puedan. Lleve a su gente al pasillo y guarden silencio.
Cuando la habitación quedó despejada, Yahir preguntó en voz baja:
—Feli, ¿quieres que te asista?
—No es necesario, puedo hacerlo sola.
Si algo salía mal, ella asumiría la responsabilidad; no quería que la reputación de él quedara manchada.
—Estaré esperando del otro lado de la puerta. Si me necesitas, solo llámame.
—De acuerdo.
La pesada puerta de roble se cerró con un chasquido, aislando la habitación de cualquier sonido del exterior.
Felisa abrió con cuidado la boca de la anciana. De un pequeño frasco blanco que traía en su bolso, sacó dos pequeñas pastillas y se las hizo tragar lentamente.


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