Los brillantes ojos de Yahir se oscurecieron de inmediato.
—¿Le has contado esto a alguien más?
Ella negó suavemente con la cabeza.
—A nadie.
Ni siquiera a su abuelo se lo había dicho. Su maestro le había suplicado que no lo divulgara, para evitar ser utilizada por personas malintencionadas como una simple herramienta de lucro.
Yahir esbozó una sutil sonrisa. ¿Acaso esto no demostraba que Feli confiaba plenamente en él?
—Entonces, ¿por qué no dijiste nada en la Mansión Serna hace un rato?
—Nunca he practicado esta técnica en otra persona. Tenía miedo de no poder salvar a doña Beatriz... Y, aun si me atreviera, en este momento me es imposible. Las Agujas del Dragón no están conmigo.
Además, las agujas de acupuntura convencionales no servirían de nada. Solo las legendarias Agujas del Dragón, combinadas con la técnica correcta, tenían ese efecto milagroso.
Esas reliquias estaban forjadas de hierro oscuro y oro rojizo. Cada una de las nueve agujas tenía un grosor, longitud y filo distintos, con un diseño de dragón en la base. Eran capaces de desbloquear las vías circulatorias y decidir entre la vida y la muerte. Eran agujas sagradas transmitidas de generación en generación.
El maestro le había asegurado que era el único set que existía en el mundo.
Y ahora, esas mismas agujas estaban enterradas en la tumba de su maestro.
—Si no quieres arriesgarte, hagamos de cuenta que esto no pasó. Esperaremos a tener los resultados de los análisis, se los entregaremos a Julián Serna y dejaremos que su familia decida —dijo Yahir, tomando su mano con firmeza. Su voz, grave y profunda, le transmitió una inmensa tranquilidad.
Felisa asintió con suavidad.
Al regresar a Castillo del Norte.
—Noté que apenas probaste bocado en la cena. ¿Le pido a doña Juanita que te prepare una sopa caliente?
—¿Me acompañas a comer?
—Claro, pero primero ve a darte un baño para que te relajes.
—Está bien. —De pronto, recordó algo y preguntó—: Enzo, ¿conoces a algún doctor de confianza que pueda analizar estas pastillas de urgencia?
Por muy buena que fuera, sin las herramientas ni los equipos de laboratorio adecuados, no podía hacer un análisis químico completo.
—Sí, dámelas. Haré que Pablo Quiroga venga a buscarlas.
Sumergida en el agua tibia de la tina, Felisa sintió cómo sus músculos por fin se relajaban.
El baño estaba envuelto en vapor. Cerró los ojos lentamente.
Imágenes de su maestro inundaron su mente: un anciano entrañable, de cabello plateado y barba blanca, con una mirada tan amable y compasiva que parecía un santo ajeno a las bajezas del mundo.
Luego, la imagen de Cristián Quezada se cruzó por su cabeza. Un charlatán despreciable, con el rostro marcado por la avaricia y la astucia, que tenía el descaro de ensuciar el impecable legado de su maestro utilizando su nombre para estafar. Era una completa aberración.

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