El hombre esbozó una sonrisa sutil y, con una actitud que pretendía ser serena, respondió:
—Así es. Mi nombre es Cristián Quezada. Tengo poco más de cincuenta años. Mi maestro fue el curandero más renombrado de su época y yo soy su discípulo directo; poseo todo su conocimiento.
Felisa ensombreció ligeramente la mirada y dijo:
—Pero según he escuchado, el maestro era de carácter orgulloso y solitario, y no aceptaba aprendices fácilmente. ¿Está completamente seguro de que es su discípulo directo?
Cristián Quezada ni se inmutó; fingiendo melancolía, soltó un suspiro.
—Jovencita, hay muchas cosas que usted desconoce. En aquel entonces, mi venerable maestro vio en mí un corazón noble y decidió hacer una excepción al aceptarme. Es comprensible que a otros les resulte difícil creer tanta suerte.
Hablaba con tanta seguridad que casi resultaba convincente.
Si ella no conociera la verdad de primera mano, sin duda le habría creído.
Julián Serna asintió con leve inclinación de cabeza.
—En ese caso, le ruego al Sr. Quezada que proceda a revisar a mi abuela.
Cristián se acercó para tomarle el pulso y, tras unos segundos, frunció el ceño. Sacudió la cabeza con expresión de profunda gravedad.
—El pulso de la señora es sumamente débil, su vitalidad está casi agotada y sus órganos se encuentran en un estado crítico. Si no actuamos pronto, me temo que le queda poco tiempo; un mes de vida a lo sumo.
Definitivamente, era un charlatán.
Cuando Felisa le tomó el pulso, notó que, a pesar de su debilidad y la gravedad de su condición, le quedaban al menos tres meses. ¿Por qué este sujeto reducía su esperanza de vida a tan solo treinta días?
La anciana se estremeció y un destello de terror cruzó por su rostro, pero instantes después se resignó y cerró los ojos con pesadez.
El semblante de Julián palideció al instante. Dio un paso hacia él y rogó apresuradamente:
—Sr. Quezada, por favor salve a mi abuela. No me importa el costo, ¡el dinero no es problema! ¡Pida lo que quiera!
Un brillo de codicia fugaz asomó en los ojos de Cristián. Fingiendo reflexionar, declaró:
—Nuestro encuentro fue cosa del destino. Por el gran amor que le tiene a su abuela, haré una excepción y me haré cargo de su caso. Puedo asegurar que la curaré.
De inmediato, sacó un pequeño remedio de apariencia natural y se lo ofreció.

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