—Ya llegaste.
Ricardo Valenzuela levantó la vista al escuchar el ruido.
—¿Qué tal la inauguración de la tienda? ¿Salió todo bien?
—Sí, las ventas fueron buenas. Si seguimos así, no habrá problemas para cumplir con los objetivos del contrato.
Al notar preocupación en su rostro, ella se acercó y se sentó en el sofá.
—¿Estás preocupado por Bianca?
Ricardo pareció sorprendido.
—Así es... Lleva días sin venir a casa.
Su hija mayor siempre había sido lista, pero su capacidad para leer a las personas se había agudizado aún más.
Incluso lo que pasaba por su mente no escapaba de su aguda vista.
—Recibí una solicitud de permiso de su parte. Me imagino que estaba un poco desanimada y se fue de viaje cerca de aquí para despejarse. Volverá en unos días.
Como le había prometido a Bianca, naturalmente no pensaba revelar la situación en la que se encontraba.
Tampoco quería que Ricardo se preocupara demasiado, así que optó por una mentira piadosa.
—¿De verdad?
—Sí.
—Me parece bien que se distraiga. En cuanto a ese dinero... considéralo el precio de una lección.
Ricardo asumía que Bianca había comprado las gemas en bruto, se había dado cuenta de la estafa y, abatida y avergonzada, había decidido escapar de viaje para no enfrentarlos.
Felisa pensó en cómo Bianca había preferido recibir una golpiza antes que rendirse, pero al mismo tiempo suplicó ayuda al verla... ¡Qué mezcla tan extraña de valor y cobardía!
—Papá, estoy pensando en mudarme a mi propio apartamento en estos días.
Recordando la actitud posesiva de Yahir de esa noche, a Felisa no le quedó de otra que ser ella quien tocara el tema con Ricardo.
Ricardo la miró confundido.
—Vives muy bien aquí en casa. ¿Por qué quieres mudarte?

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