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ÉL ME QUERÍA SUMISA, NO REINA romance Capítulo 152

—En ese entonces estaba en mi etapa rebelde. Ahora he madurado.

Yahir apagó el cigarrillo con los dedos, lo tiró por la ventanilla, y la sujetó del mentón con su mano grande. Con una sonrisa cínica en los labios y un tono irritado, preguntó:

—¿Qué pasa? ¿Acaso no soy mejor que Alfonso Lozano?

Felisa se quedó pasmada. Miró el atractivo rostro del hombre, tan cerca del suyo, y sus ojos se curvaron en una sonrisa.

—Señor Hernández, no me diga que está celoso.

El ambiente parecía haberse llenado de celos evidentes.

Él dejó escapar una risa grave. Acarició la comisura de sus labios con el pulgar y respondió con un tono perezoso pero peligroso:

—¿Y si lo estoy, qué?

Felisa esperaba cualquier respuesta, pero jamás imaginó que él lo admitiría.

Su corazón, antes tranquilo, comenzó a palpitar con fuerza.

—Debe ser una broma... ¿Cuánto tiempo llevamos conociéndonos?

Había estado tantos años con Alfonso Lozano y jamás lo vio celoso. Apenas llevaba un mes conociendo a Yahir Hernández, ¿acaso ya se había enamorado de ella?

¿De verdad era tan fácil enamorarse?

—El tiempo no siempre es sinónimo de cuánto te gusta alguien —murmuró Yahir acercándose. Sus labios frescos trazaron delicadamente el contorno de los de ella.

Las pupilas de Felisa se dilataron. Antes de que pudiera reaccionar, él capturó sus labios con intensidad, y la punta de su lengua presionó contra sus dientes, ordenando con voz ronca:

—Abre.

La voz de él era magnética y seductora. Ella entreabrió los labios y él profundizó el beso, arrebatándole el aliento y la cordura. En aquel espacio cerrado, el aire ardía, y el sabor del licor mezclado con un leve toque de tabaco la envolvió por completo.

El beso la dejó sin fuerzas. Sus dedos, que se aferraban a la camisa de él, se tensaron levemente, perdiéndose en la pasión.

Cuando el beso terminó, ella se apoyó en el pecho del hombre, jadeando con los labios entreabiertos. Sus labios, ahora hinchados y húmedos, parecían pétalos de rosa bañados por el rocío, irresistibles.

—Te doy tres días para mudarte. De lo contrario, tendré que ir a hablar personalmente con el señor Ricardo.

Felisa se mordió el labio.

—¿No puedes ser un poco más razonable?

—Si no fuera razonable, te habría secuestrado y te tendría encerrada a mi lado —respondió Yahir bajando la mirada y tensando la mandíbula—. No olvides que tú fuiste quien me provocó primero.

Una vez que un hombre cruza esa línea de intimidad, se convierte en una bestia liberada de sus cadenas, con un sentido de posesión incontrolable.

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