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El Karma romance Capítulo 377

Arlet siguió aquella voz suave con su mirada y vio que la gran habitación estaba llena de todo tipo de muñecos. En el centro había una cama de princesa de color rosa, y al lado de la cama, una mujer acariciaba con ternura una muñeca en las cobijas. La mirada de la mujer era cálida, y sus movimientos delicados, como si estuviera cuidando de un tesoro precioso con mucho cuidado. La mujer besó con cariño la muñeca y murmuró suavemente: “Lynn, eres la niña buena de mamá.”

Arlet observó a la mujer, conmocionada en su interior. ¡Esa era su madre!

Ingrid, sintiendo la ardiente mirada detrás de ella, se volvió. En ese momento sus ojos vacíos se encontraron con esos ojos claros y brillantes. En ese momento, la imagen en la memoria de Ingrid de aquella niña pequeña y tierna como un ángel se fusionó con la joven que tenía delante.

“Lynn.” Los ojos vacíos de Ingrid brillaron con vida, llenos de un nuevo vigor.

Ingrid, con lágrimas, corrió hacia Arlet y la envolvió en un abrazo lleno de emoción: "Lynn, ¿de verdad eres tú? ¡Mi pequeña Lynn! Después de tanto tiempo, no puedo creer que estés aquí. Mi hija, mi amada hija, has vuelto a casa."

Arlet sintió claramente la humedad en la nuca.

"Mamá te pide perdón. Lynn, mi hija solitaria, flotaste sobre una hoja de loto, siguiendo el río hasta un lugar donde mamá no podía verte. Mamá te buscó sin descanso entre los juncos, pero no pudo encontrarte... La nostalgia de mamá se transformó en estrellas en el cielo, y fueron esas estrellas las que te guiaron de vuelta a casa..."

Ingrid, con lágrimas rodando por sus pálidos mejillas, su rostro marcado por evidentes arrugas, fruto de años de dolor y añoranza. Aquella que alguna vez fue una apasionada artista, ahora parecía más una madre desesperada que ha encontrado una débil luz de esperanza en medio de su penumbra.

Arlet se quedó rígida, dejándose abrazar. Ingrid se culpaba una y otra vez, autocastigándose. Durante más de una década, se había culpado a sí misma por su negligencia, castigándose sin poder perdonarse, torturándose sin cesar durante todo ese tiempo. Su abrazo alrededor de Arlet era muy fuerte, como si temiera perderla de nuevo.

Arlet podía sentir las fuertes emociones que emanaban de su madre con una mezcla de culpa, miedo, sorpresa, y alegría. Esa compleja y fuerte tormenta de emociones desordenó el corazón tranquilo de Arlet. Su mente estaba en blanco, insegura de cómo manejar la situación, parada torpemente, dejándose abrazar, incluso cuando la apretaban hasta dejarla sin aliento.

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