Ni Sebastián ni Arlet podían creerlo.
"¿Trescientos millones?"
"Sí, trescientos millones. Jefa, ¿adivina cuánto porcentaje nos pidió a cambio?" Sebastián preguntó, emocionado y ansioso.
"¿Cuánto?"
"¡El veinte por ciento de las acciones!" Sebastián no podía esperar para decirlo.
Esa proporción sorprendió a Arlet una vez más.
"Había pensado en contratar a un experto en negociaciones para que nos ayudara, pero con una oferta tan sincera, me daría vergüenza seguir pidiendo más."
Escuchando las palabras ingenuas de Sebastián, Arlet no pudo evitar reírse.
"En cuanto su dinero llegue a nuestra cuenta, lo transferiré a la tuya."
"Bien. Con doscientos millones me basta, el resto puede quedarse en la empresa para operaciones. Te acabo de enviar un documento a tu correo electrónico, hay algunos proyectos interesantes, deberías echarles un vistazo. Si te parecen bien, podríamos intentarlo."
En los ojos de muchos en la actualidad, el ambiente para emprender no era como en los ochentas o noventas, ya no había oportunidades para crear negocios. Pero para Arlet, quien venía del futuro, sabía que aún en el mundo venidero, surgirían leyendas.
Industrias que en aquel momento parecían insignificantes y despreciadas por muchos, en el futuro se convertirían en pilares fundamentales, incluso con la capacidad de expandirse globalmente, con una influencia inimaginable en los tiempos actuales.
Sebastián siempre confió en las palabras de Arlet. A lo largo de esos últimos seis meses de interacción, se dio cuenta de que Arlet tenía una visión y un alcance enormes. Cada vez que enfrentaban un obstáculo, unas pocas palabras suyas podían resolver sus problemas de manera efectiva.
"Está bien, no hay problema."
Un fuerte sonido de golpes vino de afuera, Arlet colgó el teléfono, salió de su dormitorio y abrió la puerta principal.
"¿Usted es Arlet?" Preguntó el repartidor.
"Sí, soy yo."

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