El auto se detuvo firmemente en el muelle, y Diego subió al barco, acompañado de Arlet y Luz, quienes iban vestidas de gala. Diego presentó la invitación, y el guardia, con una tableta en mano, examinó cuidadosamente a Luz y a Arlet, comparando sus rostros con la información en la pantalla. Una vez confirmada su identidad, les permitió el paso.
Desde que subieron al barco, pasaron por tres controles de seguridad consecutivos. La rigurosa supervisión les impresionó, especialmente a Luz. En su opinión, cuanto más exclusiva era la fiesta, más estricto era el control.
Aún no habían llegado al corazón de la celebración y ya enfrentaban aquellas restricciones, lo que indicaba el alto nivel de la ocasión.
La expectación y emoción brillaban en los ojos de Luz.
Al entrar, una recepcionista de alta estatura le entregó a Diego una máscara.
Arlet preguntó: “¿Nosotras no recibiremos una?”
La recepcionista sonrió y dijo: “Señoritas, al entrar al salón, solo los caballeros deben llevar máscara, las damas no la necesitan.”
Luz la miró sin palabras.
¡Qué idea más absurda!
Si se ponían una máscara, ¿quién podría ver sus caras? Sin poder ver sus rostros, ¿cómo podrían hacer contactos y conocer a jóvenes talentosos?
Aunque internamente despreciaba la idea, estaba de acuerdo con la decisión del anfitrión de la fiesta.
Al ingresar al salón, Luz quedó cautivada por la opulenta decoración y las deslumbrantes luces.
Arlet observó la vasta sala, notando que más de la mitad de los presentes eran mujeres, todas ellas de belleza notable y no precisamente caras genéricas de influencers.
No solo eran excepcionalmente atractivas, cada una con su propio encanto, sino que también tenían figuras esbeltas y seductoras, verdaderas bellezas mortales. La calidad de las mujeres presentes era altísima, cualquiera de ellas podría considerarse una gran belleza en cualquier otro lugar.
Al observar al resto de hombres, que constituían la minoría y llevaban máscaras que ocultaban sus rostros, era evidente que o bien tenían sobrepeso o mostraban signos de envejecimiento, con muy pocos manteniendo una buena forma física.
Aquel escenario parecía algo inusual. En una fiesta convencional, los hombres solían acompañarse de una pareja, pero ese claramente no era el caso allí.


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