Se trataba de trescientos millones, ¡no de tres pesos!
¡Su empresa no tenía tanto dinero!
Sebastián se sintió nervioso y no sabía si debía escucharla y continuar. En su opinión, esa decisión era un error.
Viendo que nadie en el público levantaba su tarjeta, el subastador preguntó en voz alta: "¿Alguien ofrece más? ¿Hay alguna otra oferta?"
La mirada del subastador, casi por instinto, se dirigió hacia el fondo de la sala, deteniéndose en Sebastián, quien guardó silencio.
Arlet frunció ligeramente el ceño y envió el mensaje que había preparado con anticipación. Al siguiente segundo, el celular de Sebastián vibró, él bajo la vista y viendo el mensaje urgente de Arlet, se debatió en dudas.
¿De verdad debería levantar su cartel?
¡Eran trescientos millones!
Al ver que Sebastián no levantaba su cartel, Joel sonrió con suficiencia, mostrando una sonrisa de triunfo.
El subastador inició la cuenta regresiva.
"Trescientos millones, a la una."
"Trescientos millones, a las dos."
Justo cuando el tercer llamado estaba a punto de hacerse, una tarjeta se levantó silenciosamente desde atrás y se escuchó una voz decir: "Trescientos un millones."
El precio inmediatamente atrajo la atención de todos en la sala y esa fue la primera vez que todos dirigieron su mirada hacia atrás, hacia Sebastián, el cual, con el rostro inexpresivo y una calma aparente, de hecho, ganó la admiración de los presentes.
Joel apretó los dientes de rabia mientras exclamaba para sí mismo: "¡Ese maldito definitivamente lo estaba haciendo a propósito!"
Martín y el tasador suspiraron aliviados, sintiéndose reconfortados en el fondo de sus corazones porque alguien había tomado la oferta, sin embargo, su tranquilidad fue prematura, pues Joel, cegado por la ira, levantó nuevamente su letrero, diciendo con los dientes apretados: "Trescientos diez millones."
¡A ver si aún se atrevía a competir con ese precio!


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