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El Karma romance Capítulo 1129

Las palabras de aquel asesino resonaban en su mente como un eco persistente. Rey, el mercenario más temido del bajo mundo, había rechazado el contrato. No era eso lo que le inquietaba, sino su decisión de actuar contra Ernesto por cuenta propia. Una sonrisa amarga se dibujó en su rostro mientras contemplaba las implicaciones. El destino de Ernesto estaba sellado, y no valía la pena preocuparse por los muertos.

"Arlet", murmuró para sí mismo, saboreando cada letra del nombre.

Para destruir a alguien, reflexionó, no siempre se necesitaba recurrir a un asesino profesional. A veces, el veneno más letal era la venganza servida con paciencia.

...

La voz del profesor retumbaba en el aula de la secundaria privada, mientras el sol de media tarde se colaba por las ventanas.

"Las boletas de calificaciones se enviarán a sus padres en diez días. No olviden completar las tareas que les he asignado para las vacaciones de invierno."

"Sí, profesor", respondieron los estudiantes al unísono, con ese tono desganado tan característico de la adolescencia.

"Pueden retirarse."

Una avalancha de adolescentes inundó los pasillos entre risas y gritos de libertad, mochilas rebotando contra sus espaldas mientras corrían hacia la salida. En contraste, al fondo del salón, un muchacho de facciones suaves pero mirada profunda se incorporó con deliberada lentitud. Fidel Arteaga se acomodó la mochila sobre el hombro y caminó hacia la puerta sin prisa alguna.

Los pasillos, antes bulliciosos, ahora lucían desiertos. Sus pasos resonaban contra el piso mientras avanzaba hacia la salida, donde un automóvil de lujo aguardaba su llegada. La vista del vehículo no despertaba en él el menor entusiasmo.

El conductor, recargado contra la puerta del auto, lo observó acercarse con visible irritación.

"¿Por qué siempre tienes que ser el último? Ya todos se fueron hace rato."

El desprecio en su voz era tangible. Ese mocoso no merecía las atenciones del señor Del Valle. En toda la familia, solo el patriarca mostraba algún interés por él; los demás lo consideraban poco más que una molestia. Y ese ingrato había respondido hiriendo al jefe en múltiples ocasiones.

"Si es así, sígueme."

Sin esperar respuesta, la figura se internó en el parque. Fidel, viendo que el extraño estaba a punto de desaparecer entre los árboles, abandonó el auto y corrió tras él. Sus pies golpeaban el pavimento mientras intentaba darle alcance. El camino, inicialmente transitado, fue vaciándose gradualmente hasta quedar completamente solitario.

El misterioso hombre se detuvo bajo la sombra de un árbol centenario. Fidel llegó a su lado con la respiración entrecortada, estudiando cada detalle de su enigmático interlocutor.

"¿Es verdad lo que dijiste?" Sus ojos se entrecerraron, brillando con una mezcla de esperanza y desconfianza.

La venganza era el único pensamiento que lo mantenía en pie. El recuerdo de su madre desangrándose frente a sus ojos permanecía grabado en su memoria como un tatuaje sangriento, una marca indeleble que alimentaba su obsesión.

Pero hasta ahora había sido un deseo impotente. Sin recursos ni aliados, la venganza parecía un sueño inalcanzable. Y de repente, aparecía este extraño ofreciéndole precisamente lo que más anhelaba. Como un sediento en el desierto que descubre un oasis, Fidel se aferró a esa promesa con desesperación.

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