Cristian no dijo nada, pero sus ojos parecían hablar por sí solos, reflejando una calma presente solo en la superficie, porque en el fondo de su mirada parecía estarse gestando una tormenta.
Estefanía sabía que la había atrapado con las manos en la masa, pero aun así no tuvo más opción que seguir mintiendo.
—Son suplementos que me mandó el médico —improvisó con una sonrisa temblorosa que amenazaba con borrarse en cualquier momento—. Para el cansancio y la anemia. Como estuve tanto tiempo en coma, me dijo que me ayudarían a recuperar nutrientes.
El hombre se limitó a entregarle el frasco.
Ni un solo comentario.
Simplemente desvió la mirada hacia los papeles que parecía haber olvidado sobre el mueble y los recogió, revisándolos con un ceño fruncido que se acentuaba más y más con cada segundo.
—¿Te apetece cenar afuera? —preguntó él de pronto, sin despegar la vista de la carpeta, lanzando esa interrogante que parecía ser completamente contraria a su estado de ánimo.
—Claro —balbuceó ella un poco atropellada porque había esperado un interrogatorio.
Sin darse cuenta, apretó el frasco con tanta fuerza que el plástico estuvo a punto de ser deformado por sus dedos.
El ambiente se sentía extrañamente opresivo, aunque se suponía que no era mas que una interacción cotidiana entre ambos.
Cristian cerró la carpeta con calma, la guardó en su maletín y fijó los ojos en ella.
Su mirada seguía siendo indescifrable: un marrón denso, semejante al suelo seco antes de un terremoto.
Con él nunca se sabía cuándo esa oscuridad iba a agitarse, abrir grietas y consumirlo todo.
Avanzó en su dirección y le sostuvo la barbilla con dos dedos, inclinando su rostro hacia arriba con una suavidad que resultaba aterradora.
Su mano, absurdamente grande, deslizó los mechones de su cabello hacia un lado, apartando la tela del vestido hasta dejar la piel de su hombro al descubierto.
Allí, justo sobre la sombra de una mordida anterior que apenas empezaba a desvanecerse, Cristian detuvo los dedos un instante antes de hundir los dientes de nuevo.
Estefanía contuvo el aliento, apretando los ojos mientras un dolor agudo le atravesaba la piel.
Él no lo prolongo demasiado.
Se detuvo antes de que la molestia se volviera insoportable y beso la zona con paciencia.
Casi disculpándose.
Dio un paso atrás y Estefanía creyó que por fin se iría al trabajo. Pero fue una falsa tregua.
El maletín cayó al suelo.

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