Si conocía a un hombre terco y decidido, era él: incapaz de dar marcha atrás cuando tomaba una decisión.
Un hombre obsesionado con el control jamás permitiría que nada se le saliera de las manos, mucho menos cuando su mente ya había trazado el camino.
Un juego de ajedrez.
Así visualizaba la vida.
Cada pieza ocupaba un lugar preciso y el resultado debía estar siempre bajo sus designios.
Otro hijo no estaba en los planes de Cristian.
La razón era simple: el riesgo que eso representaba para la vida de Estefanía era innegable.
El hombre se sacudió en su propio orgasmo.
Durante cinco segundos interminables la aplastó contra la pared con todo su peso.
Estefanía no podía respirar.
Él exhaló un aire caliente contra su oído, clavando la pelvis contra la suya hasta la última gota de fuerza.
Cuando la sacudida por fin cedió, no la soltó; la despegó del muro y la depositó sobre la cama, dejándose caer encima sin darle margen para tomar aire.
Aquello parecía estar a punto de empezar otra vez, pero ella necesitaba tener una conversación con él.
—Cristian… —su voz fue una cosa lamentable.
—Creí haber sido claro contigo —rechinó los dientes, hundiéndole los dedos en la cadera con rabia.
Estefanía sintió dolor en el justo lugar donde la tocaba.
Si este hombre no había explotado todavía, era porque a duras penas podía contenerse.
—Lo hiciste —balbuceó, sintiendo la brusquedad de sus manos manoseándola otra vez; ni siquiera se había salido de su interior—. Pero eso fue antes de saber que estoy esperando otro hijo tuyo.
Él soltó un gruñido, como si la sola mención lo enfureciera en demasía, y le atrapó las muñecas por encima de la cabeza con un solo puño, callándola con un beso devastador.
Sin salirse un solo milímetro, empezó a mover las caderas en un ritmo denso, diseñado expresamente para castigar.
Estefanía ni siquiera se explicaba cómo demonios podía seguir tan duro dentro de ella.
Desesperada por hacerse escuchar, le clavó los dientes en el labio inferior con toda la fuerza que le quedaba.
El sabor metálico de la sangre les inundó la boca de inmediato, pero Cristian ni se inmutó.
No se separó; al contrario, le devolvió la mordida con un ensañamiento feroz, aprisionándole el labio hasta que el dolor y la falta de aire la hicieron sentir que se ahogaba.
Estefanía comenzó a retorcerse bajo su peso, soltando gemidos ahogados de súplica contra su boca.
Solo entonces la soltó.
—Cristian... —gimió su nombre con la voz destrozada, buscando aire con frenesí.
Él la miró desde arriba, con la sangre de ambos brillándole en los labios y una frialdad absoluta en los ojos.
—No va a haber otro hijo —le dijo sin un solo atisbo de duda.
—Pero ya lo hay —insistió ella, con las lágrimas rodándole por las mejillas.
—No. No lo hay.
Sin añadir una sola palabra más, Cristian se retiró de golpe y se levantó de la cama, dejándola tirada en el colchón hecha un desastre.

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