Como siempre, esa noche tuvieron buen sexo.
Al día siguiente, siendo fin de semana, a Estefanía le pesaban tanto los párpados que no fue capaz de levantarse temprano.
Sabía que las cosas no deberían ser así y que tendría que estar arriba, pero se consoló pensando en que la niñera ya se estaba encargando del niño.
Sin embargo, no contaba con que fuera el propio Cristian quien le estuviera dando el biberón, sentado en un sofá de la habitación.
En cuanto abrió los ojos, la escena se hizo evidente.
Se frotó la cara, sorprendida —aunque no debería estarlo, él solía hacer ese tipo de cosas antes de que ella despertara del coma—, pero nunca dejaba de impactarla ver a un hombre de su calibre en una faceta que reflejaba tanta devoción paternal.
A diferencia de su ropa normal de oficina, hoy lucía un pantalón de algodón oscuro y una franela sencilla que marcaba sus fuertes brazos, con el cabello revuelto por la mañana.
Estefanía contempló la maraña despeinada sobre su cabeza y recordó cómo había tirado de sus mechones con fuerza no hacía más de unas cuantas horas atrás.
Se sentó en la cama a observarlos, con el corazón rebosante de ternura, y pensó que, después de todo, las cosas no eran tan malas.
Un hijo más en esta casa… ¿por qué no habría de ser bien recibido? Al final, era una bendición.
—Buenos días, bella durmiente —dijo Cristian sin apartar la mirada de la botella ni del bebé, rompiendo de forma arbitraria el hilo de sus pensamientos—. Pensé que tendría que ir a tomarte la presión para ver si seguías viva.
Estefanía soltó una pequeña risa indignada.
Acomodó la sábana alrededor de su cuerpo desnudo y se arrastró por la cama hasta quedar arrodillada hacia adelante, mientras lo miraba con abierta coquetería.
—No te queda bien intentar ser chistoso —lo desafió en tono bajo, con la voz todavía ronca por el sueño.
Cristian alzó los ojos por fin.
Esa mirada oscura y dominante se desplazó sin prisa sobre ella, recorriéndola desde el rostro despeinado hasta el borde de la sábana, deteniéndose en las marcas frescas que sus labios y dientes habían dejado en su cuello la noche anterior.
—Tienes razón —murmuró él, con una sonrisa lenta en los labios—. A mí se me dan mejor otras cosas.
Estefanía se mordió el labio en un gesto nada sutil, devolviéndole una mirada implícita que confirmaba exactamente lo mismo.
Se levantó de la cama, sujetando las sábanas alrededor de su cuerpo, y caminó despacio hacia ellos. Se inclinó para besar la frentecita de su hijo, pero antes de que pudiera erguirse del todo, Cristian la tomó del brazo con firmeza y atrajo su rostro al suyo, para reclamar sus labios en un beso breve y cargado de posesión.
Aquel día fue especialmente tranquilo.
Se la pasaron los tres en casa y Cristian no tocó un solo asunto de trabajo en todo el fin de semana. Tratándose de un hombre tan obsesivo, aquello era un logro.
Al anochecer, mientras ella jugaba con el niño sobre la alfombra, Cristian la observaba desde el sofá. Y de pronto, dijo:
—Quiero que nos vayamos unos días fuera del país.
Estefanía alzó la cabeza, tomada por sorpresa.


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