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El juguete del abogado romance Capítulo 213

Con las manos temblando, Estefanía recogió las cinco pruebas del lavabo y las envolvió a toda prisa en papel higiénico. Las tiró al fondo de la papelera junto con las cajas, arrancó la bolsa de plástico y le hizo un nudo apretado.

Echó una mirada rápida al baño para asegurarse de no haber dejado nada y salió de la habitación, desesperada por deshacerse de la evidencia antes de que alguien la viera.

Se movía exactamente igual que una criminal a punto de ser atrapada con las manos en la masa.

Pero no tenía opción.

Ocultar aquello era lo único que importaba.

Sonya no tardó en descubrirla y se apresuró hacia ella.

—Señora, deje eso. Yo lo boto.

Estefanía forzó una sonrisa y dio un paso atrás, negándose.

—No, Sonya, es que derramé algo —su voz era suave y aparentemente normal, al menos en la superficie—. Hay un frasco roto y mucho vidrio, voy a botarlo yo misma. No me tardo.

—Pero...

—¿Por qué no me preparas un té? —la interrumpió a toda prisa, buscando cualquier distracción—. De pronto se me antojó muchísimo.

—Sí, claro, señora —asintió la mujer mayor con una sonrisa—. Le preparo esa infusión de manzanilla con jengibre que le asentó tan bien la semana pasada.

Tan pronto como la empleada le dio la espalda, Estefanía avanzó a pasos rápidos hacia la salida.

Tras cerciorarse de haber arrojado todo al contenedor, regresó al departamento sintiendo que el mundo se le venía encima.

Sí, había hablado de tener más hijos, pero jamás imaginó que ocurriría tan pronto.

Se suponía que ya ni siquiera sucedería.

Apenas habían pasado poco más de cinco meses desde el nacimiento del bebé. Y lo peor era que de esos cinco meses, ella había pasado tres sumergida en un coma.

Menos de dos meses despierta habían bastado para embarazarse otra vez.

Y Cristian se había hecho la vasectomía, así que no tenía el menor sentido. A menos que hubiera sido esa noche... la noche en que hicieron el amor por primera vez tras tanto tiempo.

Él la había embarazado ese mismo día.

La pastilla de emergencia simplemente no había funcionado.

Si sus cálculos eran los correctos, entonces debería tener aproximadamente un mes de embarazo.

Todavía los síntomas no eran intensos.

Y todavía era posible revertirlo…

Pero eso jamás ocurriría.

Pese al riesgo, quería tenerlo. Pero estaba segura de que su marido no pensaría igual que ella.

Estefanía decidió que, por lo pronto, no podía decírselo a nadie.

Acababa de pasar por un embarazo, así que sabía a la perfección qué hacer: compraría las vitaminas prenatales para tomárselas en secreto y buscaría a un médico que no tuviera la menor relación con Cristian para hacerse un chequeo.

Pero primero necesitaba calmarse.

Hizo un par de ejercicios de respiración para frenar el pulso desbocado de su pecho; el corazón le latía a mil y las manos no dejaban de temblarle.

—Señora, ¿se siente bien? —la voz de Sonya la sobresaltó al aparecer con la taza humeante en las manos, mirándola con cierta extrañeza.

—Sí, sí, perfectamente —respondió apresuradamente, esforzándose por sonar serena—. Gracias por el té, Sonya.

Tomó la taza, usándola como un escudo para esconder la agitación que aún le quemaba por dentro.

Nadie.

Absolutamente nadie podía enterarse.

[…]

Cristian regresó tarde esa noche.

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