Las palabras de Cristian no habían sido pronunciadas a la ligera. Estaba más que claro que no existía fuerza en el mundo capaz de hacerlo cambiar de parecer.
—¿Y yo qué? —murmuró Estefanía, con la voz ahogada—. ¿Por qué no me preguntaste? ¿Por qué no me tomaste en cuenta?
—¿Te parece que esto no es tomarte en cuenta? Te estoy protegiendo de ti misma —replicó él con firmeza, sosteniéndole la mirada—. ¿Qué ibas a hacer si te lo decía antes? Ibas a hacer hasta lo imposible para hacerme cambiar de opinión. Me habrías perseguido sin darme tregua y me habrías amenazado con un sinfín de cosas para impedirlo. Te conozco lo suficiente como para saber que jamás te habrías quedado quieta. Antes o después, el resultado terminaría siendo exactamente este. Y estoy dispuesto a afrontar tu molestia, a tolerar tus gritos y tus berrinches, pero no a perderte otra vez.
—Estás siendo un exagerado —protestó ella, sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta—. Con el cuidado adecuado y más atención, yo podría llevar un embarazo sin ningún contratiempo...
—Sí —concedió él—. El punto es que yo no pienso correr ni el más mínimo riesgo.
Ante una postura tan tajante, no había manera de razonar. Y lo que más le dolía era que la lógica de Cristian no estaba del todo equivocada: someterse a otro embarazo no era más que una ruleta rusa.
Existía entre un treinta y un cincuenta por ciento de probabilidades de que la preeclampsia volviera a repetirse. Un margen de riesgo que él jamás iba a aceptar bajo ningún término.
Estefanía sintió un agotamiento repentino y devastador. Se zafó de su agarre y se dejó caer sobre el sofá, desplomada, como si las fuerzas se le hubieran evacuado del cuerpo.
El anhelo de tener una familia numerosa no iba a ser posible... y lo peor era que ni siquiera podía pintar a Cristian como el villano insensible que destruía sus sueños.
No; a los ojos del mundo —y de la fría realidad—, él figuraba como el único cuerdo en esa relación.
Su decaimiento no pasó inadvertido para él.
Cristian se acercó y se sentó a su lado. Le acunó la mejilla con una mano mientras con el pulgar le limpiaba con suavidad las primeras lágrimas que comenzaban a brotar.
—Entiendo lo que deseas y detesto que las cosas tengan que ser así —murmuró él, mirándola con una ternura casi dolorosa—. ¿Quién más que yo desearía volver a verte embarazada? Pero entiéndelo, Estefanía... Ver cómo te ibas entre mis manos, sentir que te morías frente a mis ojos sin poder hacer nada para evitarlo, fue, es y será siempre mi peor pesadilla.
Estefanía rompió a llorar, ocultando el rostro en el hueco de su cuello. Cristian la rodeó con sus brazos, trazando caricias suaves en su cabello para calmar el temblor de sus hombros.
—Ser hijo único no es tan malo —la consoló él en un susurro—. Me encargaré de que nuestro hijo tenga todo lo necesario para convertirse en un hombre fuerte y poderoso.
—Ni se te ocurra imponerle un régimen militar a mi bebé —protestó ella, con la voz ahogada contra su camisa.

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