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El juguete del abogado romance Capítulo 208

En verdad, ese hombre no entendía nada de emociones, culpas ni depresión.

Siempre tenía esa forma tan suya de analizar las cosas. Era puro pragmatismo y frialdad.

Era… fuego.

Estefanía gimió alto cuando la boca de Cristian atrapó el pezón derecho entre sus labios.

Lo chupó sin miramientos, con fuerza, succionando profundo, como si de verdad pretendiera extraer de allí la leche que la naturaleza le había negado, o simplemente marcar su dominio hasta hacerla olvidar todo lo demás.

No tenía forma de pensarlo a fondo.

Esa lengua plana y caliente pasaba una y otra vez sobre la areola sensible, produciendo un sonido húmedo, obsceno: un chup ruidoso cada vez que soltaba un poco solo para volver a atraparlo y tirar de él con los dientes, sin llegar a morder del todo.

Estefanía arqueó la espalda y un sollozo que nada tenía que ver con el dolor se le escapó de la garganta.

Él no se detuvo. Cambió al otro pecho, apretándole la carne blanda con la mano mientras lo succionaba con la misma intensidad.

Esa lengua pecaminosa daba vueltas al pezón endurecido, lo aplastaba contra el paladar, lo jalaba hacia adentro como si realmente esperara que algo saliera.

La otra mano le amasaba el seno libre, su pulgar áspero rozando la areola hinchada, pellizcándola de vez en cuando solo para hacerla temblar.

—Mírame —ordenó contra su piel, sin dejar de chupar—. Si quieres que te usen estos pechos… yo me encargo.

¡Y vaya que se encargaba!

Estefanía olvidó la razón por la que lloraba y su inesperada depresión.

Justo ahora solo podía pensar en este hombre.

Y a él le encantaba monopolizar su mente.

Cristian era un tirano emocional; un hombre que no permitía que ella se perdiera en sufrimientos que él no pudiera controlar.

Siempre necesitaba tener el control de todo.

Maldito maniático, irresistible... y enteramente suyo.

Ella le tomó la cara con desesperación para separarlo un segundo y le suplicó desde abajo, con la cabeza hundida en la almohada y los ojos húmedos:

—Vas a hacer que les tenga celos... —suplicó, acariciándole la mandíbula—. Deja eso un segundo y bésame la boca.

El hombre no permitió que se lo pidiera dos veces. Se lanzó sobre su rostro, atrapando sus labios para devorarla en un beso ardiente que la dejó jadeando, mientras las manos ansiosas de ella buscaban quitarle el saco, desprender los botones de su camisa y desnudarlo.

Hacía mucho que no hacían el amor y ella lo deseaba tanto como él… Aunque, a juzgar por lo duro que estaba, quizás él le ganaba por un poco.

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