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El juguete del abogado romance Capítulo 189

La palma de Cristian todavía conservaba el calor de Estefanía, la humedad exacta de su piel y la fuerza desesperada con la que se había aferrado a sus dedos apenas un instante antes.

Pero esa presión había desaparecido.

La mano de ella se había deslizado de la suya, cayendo inerte al borde de la camilla.

Al fondo, se escuchaba un tenue chillido.

Era el llanto de un recién nacido.

Pero él no podía girarse.

Tenía los ojos clavados en la cara de Estefanía, en esa boca medio abierta que ya no respiraba, en el sudor frío pegado a sus sienes.

—¡Paro! ¡Carguen a doscientos! —gritó el médico, mientras todo un equipo la rodeaba y lo apartaba a empujones, como si justo ahora no fuera más que un estorbo incapaz de proteger a la mujer que amaba.

El cuerpo de Estefanía dio un salto violento sobre el colchón tras la descarga, pero no hubo respuesta.

Esa maldita maquina seguía emitiendo una sola línea.

Ningún sobresalto, ningún pulso.

—¡Otra vez!

Las paletas volvieron a hundirse en el pecho de ella. Una imagen que jamás debió existir. Estefanía no tenía que estar pasando por esto.

Y él no tenía a quién culpar, ningún lugar donde descargar la furia ciega que le reventaba las costillas. ¿A quién iba a reclamarle? ¿A sí mismo?

Los recuerdos se le vinieron encima, pasando por su cabeza como una película de porquería: el primer desmayo que él ocasionó, los errores de Javier que no supo frenar a tiempo, las discusiones tontas, incluso todo el sexo que habían tenido en las últimas semanas.

No supo cuidarla.

El pitido del monitor le zumbaba en los oídos. Seguía siendo una línea recta. Inmóvil. Muriéndose en la pantalla.

—¡Mantengan en doscientos! —vociferó el médico, arrojándose de nuevo sobre el cuerpo de ella en un último intento desesperado.

Nada.

Las cabezas comenzaron a sacudirse a su alrededor. Como si todos hubieran llegado a una misma conclusión al mismo tiempo.

El doctor se enderezó despacio, con las manos temblando dentro de los guantes sucios de sangre. Lo miró un segundo a los ojos —un segundo de lástima— antes de negar con la cabeza.

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