«Su hijo estaba a punto de nacer», aquel pensamiento asaltó a Estefanía de golpe.
Un choque de realidad para el que no se sentía completamente preparada.
En las últimas semanas apenas había alcanzado a ir a un par de clases de preparación al parto, convencida de que le quedaba más de un mes por delante y que tendría todo el tiempo del mundo para aprender a respirar y controlar el dolor.
Pero la ilusión de tener el tiempo bajo control se le vino abajo en un segundo.
Todo lo que la instructora le había dicho se le borró de la mente; no recordaba cómo pujar ni cómo dominar las olas de dolor que la aplastaban en ese momento.
¡El bebé ya venía en camino y ella no sabía nada!
Entró en pánico sin poder contenerse.
Sentía el corazón desbocado y la piel húmeda y pegajosa por el sudor. Las sienes le retumbaban, recriminándole sin cesar por ser una inconsciente. Un pitido agudo le aturdía los oídos, orillándola a llevarse las manos a la cabeza y negar insistentemente.
—Doctor… por favor… —suplicó de pronto, con la voz entrecortada—. Debe haber un error… mi bebé no está listo… es muy pronto…
—Señora, no hay error el niño ya viene.
Y entonces… en medio de toda esa conmoción, no tuvo más opción que fijar la mirada en la persona parada en la entrada. La misma a la que se había negado a avisar, la que no quería ver allí porque, a su parecer, esto no estaba pasando. No, su hijo no debía nacer ese día.
Los ojos de ambos se cruzaron.
Ella bajó la vista, incapaz de sostenerle el juicio. En los ojos de Cristian había un mudo y aplastante «te lo dije» que la destruyó por dentro.
Pero él parecía comprender que este no era momento para recriminaciones de ese estilo. Fijó una mirada dura en el doctor, ordenando sin rodeos:
—¿Qué hace perdiendo el tiempo? Mi hijo está a punto de nacer. Haga su trabajo y asegúrese de que los dos salgan bien de esto.
Solo bastó esa orden para que el equipo médico se activará a toda velocidad.
Antes de que la trasladaran por completo, Cristian se acercó y le atrapó la mano con fuerza.
—Todo va a salir bien. Concéntrate en ser fuerte —le dijo a modo de consuelo—. Yo estoy aquí.
Sentir su cercanía en definitiva era un bálsamo para sus nervios. Con él al mando, sabía que no dejaría que nada malo les pasara.
—No me dejes... Acompáñame, por favor. Tengo miedo —se aferró a su mano como si fuera el único salvavidas en medio de un océano.
Cristian le acarició la cara con torpeza, apartándole los mechones húmedos de sudor de la frente.

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