Cuando Cristian llegó, Estefanía se le lanzó encima apenas cruzó la puerta del dormitorio. Lo rodeó con los brazos como si llevara semanas sin tocarlo.
Cada maldita cosa le gustaba: su aroma, su porte, su masculinidad dominante y esa fuerza implacable que la volvía completamente loca.
Desearlo no era solo una necesidad física, era una adicción que le consumía las entrañas y la dejaba sin aire, hambrienta de cada toque, de cada embestida.
Él la besó con fuerza en respuesta.
—Maldición… no sé qué voy a hacer contigo.
Estefanía lo cubrió de besos melosos, por la mandíbula, el cuello, la oreja, extremadamente cariñosa y al mismo tiempo fogosa.
Mientras otras mujeres en su estado preferían distancia del padre de sus hijos, ella no quería despegarse ni un segundo. Lo necesitaba cerca, encima, dentro.
Ya en la cama, con él hundiéndose despacio entre sus piernas, ella le preguntó entre jadeos:
—¿Mañana te acompaño al trabajo? ¿Me dejas ir? Me aburro mucho aquí…
—No —la detuvo, ya completamente dentro de ella, sujetándole las caderas—. Contigo allá no voy a poder trabajar.
—¿Qué pasa? ¿Hay algo escondido que no quieres que vea? —insistió ella, apretándolo con las paredes internas de su coño.
—Déjate de tonterías.
Ella lo mordió en el hombro, posesiva:
—No puedes mirar a otra mujer. Solo yo.
—Solo eres tú —gruñó él, empezando a embestirla con más fuerza.
El sexo se volvió rudo otra vez.
Al poco tiempo terminaron empapados, exhaustos. Estefanía se quedó dormida casi de inmediato, abrazada a su pecho.
Al día siguiente Cristian se fue temprano al trabajo. Cuando regresó por la tarde, ella lo interceptó en la puerta y lo arrastró hacia el sofá.
—Veamos una peli —pidió, acomodándose contra el costado de su cuerpo como una gatita.
Lo que había elegido no era, ni de lejos, una elección adecuada para su estado: se trataba de un drama pesado, cargado de tragedias y giros desgarradores. Pero ella misma lo escogió, encaprichada en acurrucarse a su lado.

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