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El juguete del abogado romance Capítulo 185

Cristian le dio duro.

Literalmente muy duro.

La embistió con fuerza, sus caderas chocando contra su culo, esa verga rica entrando y saliendo con sonidos húmedos.

El hombre apretaba sus caderas, sus muslos, gruñendo como un animal:

—Mira qué puta eres…

Estefanía jadeaba, sudando, el coño contrayéndose alrededor de él:

—Ah… me encanta… qué te costaba… te odio…

Su vagina se lo tragaba entero, apretándolo, succionándolo.

El primer orgasmo la partió de golpe: gritó, el cuerpo temblando, el coño exprimiendo la verga de Cristian en ondas violentas.

Él no paró. Siguió embistiendo, más profundo, más bruto, poseído.

Sonidos bajos, guturales, salían de su garganta mientras la tomaba, apretándole las tetas hinchadas, los dedos clavándose en su carne.

El hombre estaba endemoniado de placer, sin una sola contemplación. Justo como ella quería.

¡Qué puto paraíso!

El segundo orgasmo la golpeó casi encima del primero. Luego un tercero. Estefanía ya no podía hablar claro, solo gemía y sudaba, la barriga rebotando sin control, las manos todavía atadas.

—Sigue… sigue… —suplicó, la voz hecha un hilo.

Cristian obedeció.

La folló sin freno, las embestidas cada vez más desesperadas, el sonido de piel contra piel llenando la habitación. Hasta que se corrió dentro de ella con un gruñido largo, profundo, casi un rugido, la polla latiendo mientras le llenaba el coño a chorros calientes, sin parar de empujar hasta vaciarse por completo.

Cuando terminaron, se dieron una ducha juntos, luego se acostaron en la cama.

Esa cama deshecha que todavía mostraba pequeños rastros de lo que habían hecho.

El hombre la abrazó por detrás, y ella tomó su mano y se la puso sobre la barriga.

—Mira… parece que está despierto —susurró.

Quedaron así, abrazados, sintiendo los leves movimientos del bebé bajo la piel.

El momento debería ser tierno y todo eso… pero no pudo evitar restregarse contra él otra vez, frotando su culo despacio sobre la entrepierna de Cristian.

Él gruñó contra su nuca:

—¿Todavía quieres más? No deberías dormirte de una vez.

—Dormí todo el día —contestó ella, recordando que eso era lo único que hacía últimamente—. Ahora quiero follar.

Esta vez el hombre no se hizo de rogar. Le alzó una pierna, abrazándola por la espalda, y se acomodó detrás de ella.

La punta gruesa de su verga, dura y resbaladiza, empujó entre los labios hinchados de su vagina.

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