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El juguete del abogado romance Capítulo 184

Tras escucharlo, la preocupación le atravesó el pecho a Estefanía un segundo. Solo un segundo. Porque en cuanto sus bocas se encontraron, todo se volvió un puto incendio.

Fue un choque salvaje, brutal, sin aviso.

Dientes contra dientes.

Un beso destinado a castigar.

Cristian le devoró los labios como si le pertenecieran —que lo hacían—, mordiendo hasta romperlos, hasta que el sabor metálico de la sangre fresca se mezcló entre sus lenguas y le cegó cualquier intento de pensar.

«¡Maldito infeliz!», rabió en su mente, sintiendo el latido punzante del labio abierto. Se la estaba cobrando con creces.

Pero lejos de sentir dolor, su coño reaccionó al instante. Se contrajo solo, empapándose de golpe, el clítoris hinchándose y latiendo como si ya lo estuvieran tocando.

La dominación de ese hombre le hacía sentir un placer sucio que le subía por la espalda en escalofríos.

Como el maldito cínico y descarado que era, Cristian aprovechó su rendición. Con el cinturón que ya tenía enrollado en la mano, le agarró las muñecas, las juntó sobre su cabeza y las amarró de un tirón.

Un gemido ahogado se le escapó entre los labios rotos. El cuero apretado contra sus muñecas solo avivó el ardor entre sus piernas, dejándola indefensa y jadeante, a la pura merced de lo que ese infeliz estuviera por hacerle.

Cristian se apartó de golpe. La miró desde arriba con los ojos oscuros y el labio manchado de su sangre.

—Mereces un puto castigo. Te has portado muy mal —dictaminó en voz baja y peligrosa.

Sin miramientos le abrió el vestido de un tirón, rasgándolo. Le metió dos dedos gruesos de lleno en su coño empapado y empezó a follarla con ellos: profundos, rápidos, curvados, buscando ese punto que la hacía arquearse. Su barriga se movía con cada embestida de sus dedos mientras ella pataleaba suavemente, gimiendo, suplicando sin palabras cuando el orgasmo ya le temblaba en las piernas.

Justo cuando estaba a punto de correrse, él se los sacó. Lo que sintió no podía describirlo con palabras.

Era un odio de lo mas profundo.

—¡No te atrevas, maldito! —gritó, pataleando contra el colchón, con el coño latiendo y vacío.

El hombre solo sonrió con esa sonrisa lenta y cruel que no debería dedicarle a su mujer embarazada, y le dijo mirándola fijamente:

—Espero tu disculpa. ¿Cómo te atreves a morderme? Eso no se hace.

Ella siguió gritando, desafiante:

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