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El juguete del abogado romance Capítulo 181

Los ojos del hombre se entrecerraron como si supiera exactamente lo que estaba intentando.

Claro que lo sabía.

¿Qué persona en este mundo podría tener la capacidad para manipularlo?

Ella no estaba en esa lista. Posiblemente nadie lo estaba.

Sin embargo, fingió demencia y siguió con su actuación, que al final tampoco era tan falsa: después de todo, las inseguridades sí eran reales.

—¡He subido mucho de peso por el embarazo, pero no imaginé que eso fuera motivo para que me dejaras así! —soltó Estefanía con la voz quebrada—. Mira mi cuerpo, Cristian. Ya no soy la de antes. Mis caderas se ensancharon, la barriga se me nota cada día más y la piel se me estira. Me siento deforme, ¿sabes? Y justo cuando necesito sentir que todavía me deseas como mujer, no solo como la madre de tu hijo, vienes y te echas para atrás.

En este punto lo lógico habría sido recibir algún consuelo tierno —«estás hermosa», «no te ves gorda», «llevas vida dentro de ti»—, pero la expresión de Cristian se tornó sombría de golpe, como si un destello peligroso y oscuro le hubiera nublado los ojos.

—Siempre dices tonterías para sacarme de quicio, pero esta vez te estás pasando —masculló apretando los dientes—. Entiende de una puta vez que esto ya no se trata solo de ti. Los dos tienen que estar bien, carajo.

Sin pedir permiso, le atrapó la muñeca, obligándola a amoldar la palma sobre la erección que le marcaba la tela a punto de reventar.

—Si de verdad fuera cierto lo que dices, no estaría duro como una piedra, a punto de mandar todo al demonio. Así que déjate de estupideces.

Estefanía sintió el latido furioso contra la palma de su mano y, lejos de amedrentarse, sonrió despacio.

—Sé que te da miedo hacernos daño, mi amor... Sé que solo intentas cuidarnos —murmuró con voz suave, rozando sus labios contra la mandíbula tensa de él—. Pero confía. Solo sé dulce esta vez... Vamos a hacerlo despacio, ¿sí?

La expresión del hombre no cambió en lo absoluto; la rabia y la frustración seguían intactas, congeladas en ese rostro de mármol que solía volverlo inaccesible para el resto del mundo.

Pero la única persona con permiso para derrumbar sus murallas era ella.

Consciente de su poder, Estefanía hizo lo que mejor sabía hacer: sacarlo de balance.

Comenzó a robarle besos cortos, suaves y tentativos, trazando un camino pausado desde la línea de su mandíbula hasta la comisura de sus labios.

Con cada roce, sentía cómo él tensaba el cuello, luchando en vano por mantener la compostura.

Sin despegar la mano de su entrepierna, sintió cómo se hinchaba más y más con cada segundo.

—Te deseo tanto, Cristian… —susurró pegada a su oreja, con un tono que estaba diseñado para volverlo loco—. No nos hagas esto. Sabes lo mucho que te amo y lo loca que me pones. Solo quiero sentirte adentro, aunque sea despacito... Necesito volver a sentir que soy tuya.

—Nunca has dejado de ser mía —sentenció él de golpe, mandando al diablo las últimas barreras de autocontrol que tenía.

Solo fue cuestión de segundos para que el hombre se le abalanzara encima, arrancándole la ropa interior de un tirón al tiempo en que liberaba su propia virilidad del pantalón.

Ella no pudo evitar humedecerse los labios al ver la silueta de su pene al descubierto.

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