Estefanía recordó el momento exacto en que el doctor intentó hablarle del tema. En ese entonces, convencida de que pasaría los meses sola, lo había hecho callar asegurando que no tendría sexo durante el embarazo.
—Es irrelevante —dijo con terquedad—. Estoy divorciada y no quiero saber nada del tema.
—Aun así, debo informarle. Es mi deber —insistió el médico antes de explicarle que, debido a los episodios de desmayos por la presión alta, las relaciones intensas estaban completamente descartadas, reduciendo cualquier encuentro a algo sumamente pausado, controlado y sin sobresaltos.
Ese no era el tipo de sexo al que estaban acostumbrados, así que Estefanía dudó un segundo.
«¿Y qué pasa si no le hago caso y lo hacemos como a nosotros nos gusta?», pensó, dejándose llevar por esas ganas que había aguardado más de tres meses. «Me he sentido perfecta y la presión ha estado bajo control. Quizás sean puras exageraciones del médico.»
Las dudas en su cara fueron bastante claras para él, que parecía capaz de leerle el pensamiento. Cristian siempre había tenido esa capacidad casi inhumana.
—No es recomendable, ¿cierto?
—No, no es eso —se apresuró a decir ella mientras jugaba con un mechón de su cabello—. El doctor dijo que debe ser algo pausado y tranquilo, pero te juro que me he sentido perfectamente bien.
—¿Entonces qué sugieres? —Él la miró de forma severa, como reprochándole la sola ocurrencia de ignorar al médico—. ¿Que ignoremos la recomendación y hagamos lo que nos dé la gana? Prefiero no hacerlo.
—¡Cristian!
—Te tengo demasiadas ganas, pero no voy a ponerte en riesgo ni a ti ni al bebé.
—No es necesario llegar al grado de desistir, solo… —acortó la distancia entre sus rostros y le rozó los labios con coquetería—. Sé suave.
Estefanía sabía que le estaba pidiendo demasiado. Cristian no sabía ser suave; ni siquiera en su primera vez lo había sido.
Lo suyo era lo duro, dejarle marcas en la piel y las embestidas sin freno.
Y ella era exactamente igual. Estaba hecha para resistir todas y cada una de sus acometidas, a su ritmo y a su manera. Él la había moldeado así.
Al final, Cristian terminó cediendo; al fin y al cabo, tampoco es que pudiera resistirse.
Estefanía sentía la presión de su miembro, duro y grueso contra su pelvis, latiendo con fuerza y clamando por liberación.
Y ella no se quedaba atrás. Se sentía húmeda, ansiosa y a punto de perder la cabeza.

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