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El juguete del abogado romance Capítulo 179

La boca de Estefanía lo recibió gustosa, cálida y entregada. Entreabrió los labios y dejó que la lengua de él invadiera su cavidad con maestría, rozando la suya y sacándole un gemido suave que fue a parar directo a su entrepierna.

Su dulzura. La forma en que se amoldaba a su cuerpo. Cristian había extrañado cada maldita cosa.

El dominio absoluto que siempre tenía sobre sí mismo, comenzó a resquebrajarse bajo la presión de sus sentidos. Devorarla ya no era suficiente.

Apretó el agarre en sus caderas y la arrastró un paso sobre el césped, cierneéndose sobre ella con hambre.

La necesidad de tocarla lo quemaba por dentro. Bajó la mano por su espalda hasta sujetarla del glúteo, tan redondos y carnosos como recordaba, tan jodidamente tentadores que la mano se le fue sola para apretarla con ganas.

Estefanía dejó escapar otro gemido entre sus labios, pero en lugar de ceder, apoyó las palmas de sus manos contra su pecho, obligándolo a romper el contacto directo de sus bocas.

—No me vas a distraer… —murmuró ella con la voz agitada—. Vamos a entrar y escucharemos música juntos.

Sus ojos verdes, empañados por el deseo, reflejaban la luz de las estrellas con un brillo tan puro que se le cortó la respiración. Era una visión simplemente hermosa.

Para este punto, Cristian sabía que no había escapatoria. Tampoco es que odiara la música; el problema era que nunca se lo habían permitido. Entre clases de finanzas, idiomas y estrategia. Lo habían adiestrado para mandar, no para disfrutar de cosas mundanas.

Pero estaba dispuesto a dejarse llevar por las ocurrencias de Estefania, aunque representaran un terreno desconocido.

—Solo si me haces un baile sexy —soltó él con voz profunda y socarrona.

Estefanía dejó escapar una risita suave y le dio un empujón en el pecho, aunque no logró moverlo ni un milímetro.

—No tienes remedio —dijo ella rodando los ojos, pero con una sonrisa preciosa dibujada en los labios.

El gesto le trajo un recuerdo involuntario de las tantas veces que la había tenido debajo de él, rendida, sacudiéndose entera ante cada embestida. Recordó como echaba la cabeza hacia atrás, poniendo los ojos en blanco mientras gemía su nombre fuera de sí.

—Vuelve a rodarme los ojos otra vez —le advirtió en un murmullo bajo y peligroso— y te prometo que te daré un castigo que no se te va a olvidar.

Lejos de asustarse, a Estefanía le dio por ponerse de lo más coqueta.

—¿Ah, sí? —desafió, volviendo a rodarle los ojos con una risita traviesa antes de darse la vuelta y correr hacia la casa.

A Cristian se le congeló la sangre en un segundo.

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