Ahí, en la quietud de la noche, el tiempo pareció detenerse solo para ellos.
Desde los ojos de Estefanía, la imagen resultaba casi irreal: Cristian, el hombre de acero, arrodillado ante su vientre.
Nuevas lágrimas se deslizaron por su rostro, pero ninguna venía cargada de dolor. Por primera vez en mucho tiempo, era verdaderamente feliz.
El pequeño revoltoso, que hasta hacía un segundo no paraba de patear, se quedó quieto de golpe.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso, ahogando una risita entre el llanto, y llevó sus manos sobre las de él para aprisionarlas contra su vientre.
—Te escuchó… —susurró, mirándolo desde arriba—. Estoy segura de que supo que eras tú.
Cristian alzó la mirada, y en sus ojos descubrió un destello de genuina perplejidad.
Era casi fascinante ver a un hombre de su calibre, siempre tan calculador y dueño absoluto de cualquier situación, completamente desarmado frente a su propio hijo.
Para una mente analítica como la suya, acostumbrada a la lógica y a los hechos, esto debía parecerle imposible.
Cristian probablemente creía que, a los casi seis meses, las barreras del cuerpo le impedirían al bebé sentirlo o escuchar su voz.
Sin embargo, ahí estaba: atónito, atrapado entre su mente y la magia innegable del momento.
—Sí escucha… —añadió ella con voz suave, acariciando con los pulgares los nudillos de él—. Todos los días le hablo un poco antes de dormir. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero cerca de los cuatro meses sentí su primer golpecito… fue un toque tan diminuto, como el aleteo de una mariposa. Desde ese día supe que me entendía.
Una sonrisa llena de calidez se le dibujó en los labios, recordando aquellos días de soledad.

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