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El juguete del abogado romance Capítulo 177

Le bastaba, claro que le bastaba.

Una sonrisa involuntaria se dibujó en los labios de Estefanía. Era una curva libre, espontánea, cargada con el sabor dulce de una victoria que ni siquiera sabía que necesitaba.

—¿Desde entonces…? —susurró atónita, perdiéndose en el recuerdo del origen de este caos, cuando colisionaron por primera vez para encender la chispa que los consumía día a día—. ¿Nunca? ¿Ni una sola vez?

—Nunca.

Sabía que era verdad, y aun así le parecía imposible. Absolutamente irreal.

Empezando porque el Cristian de aquel entonces jamás pareció la clase de hombre capaz de pertenecer a una sola mujer; mucho menos a alguien como ella, que apenas sobrevivía.

—Oh, Cristian… De verdad te amo… Dios, te amo tanto —susurró desde lo más profundo de su alma, rindiéndose por completo ante él.

Ignoraba lo que el destino guardaba para ella, pero ahí estaba otra vez, lanzándose a ciegas sin importar las consecuencias.

Cerró los ojos dejando que las lágrimas resbalaran libres por sus mejillas, justo cuando la presión de la frente de Cristian disminuía sobre la suya.

El hombre se tomó su tiempo para limpiarle las lágrimas antes de susurrar:

—Te amo. Eres lo único que jamás voy a dejar ir.

Estefanía abrió los ojos despacio y, nuevamente, sintió que estaba soñando. Tenía que serlo… Esto era… simplemente demasiado.

Sin embargo, las siguientes palabras de Cristian le hicieron comprender que todo esto estaba muy lejos de ser una fantasía.

Al final, él seguía siendo el mismo de siempre. Firme. Autoritario. Un hombre capaz de sentir celos hasta de la propia identidad secreta que se había inventado.

—Pero ahora aclárame algo… —su tono, repentinamente frío y dominante, la tomó por sorpresa—. ¿Qué hacías hablando con otro hombre? ¿Llamadas, mensajes? ¿Qué demonios estabas pensando, Estefanía?

—Yo… no lo sé.

La verdad era que no estaba pensando mucho en ese momento.

—¿Te estás dando cuenta del peligro en el que pudiste haber estado? —le recriminó—. ¿Cómo se te ocurre darle cabida a alguien más? ¿Cómo se te ocurre hablar con tanta confianza con otro hombre?

Ella parpadeó repetidamente, aturdida, sin saber cómo defenderse. Tuvo que reconocer que él tenía razón: había sido increíblemente imprudente, sobre todo considerando su estado.

Estaba embarazada y pudo haber caído en manos de un demente.

Aunque, mirándolo fijamente a los ojos, quizás sí lo había hecho.

—Perdón… —susurró, bajando la mirada con arrepentimiento—. Tienes razón. No debí.

De repente, él la atrajo hacia sí en un abrazo desesperado.

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