Estefanía tuvo serias dificultades para procesar lo que estaba ocurriendo.
Primero una persona le había cubierto la boca desde atrás. Paso en una fracción de segundos del terror más absoluto a la confusión total. Porque esa persona no era otro que… Cristian. El mismo que había estado hablando con ella por teléfono todo ese rato.
¿Entonces…?
Estefanía observó con estupefacción el celular que había resbalado de sus manos hasta caer al suelo.
El contador de la llamada seguía en curso.
Al tiempo en que la respiración de aquel hombre le acariciaba el oído de forma lenta.
Cristian hundió la nariz justo en la curva entre su hombro y su oreja, inhalando profundamente, haciéndola estremecer ante el hambre que desprendía.
Cerró los ojos sin poder resistirse a su cercanía… sufriendo otro cambio violento en su estado de ánimo.
Paso del terror a la confusión y de la confusión a ese calor tan ardiente y conocido.
El agarre de la mano del hombre sobre su boca no cedió, pero la presión cambió; ahora era firme, una caricia posesiva destinada a contener su aliento entrecortado.
Mientras el aparato en el césped seguía emitiendo una leve estática, la voz real de Cristian volvió a resonar pegada a su piel, grave, pesada y cargada de una fascinación peligrosa:
—Dímelo a la cara, Estefanía… —murmuró rozándole la vena del cuello con los labios—. Dime que me amas.
De sus labios solo escapó un leve gemido tembloroso, consciente al fin de que había caído redonda en otra de sus trampas.
Él era un maestro del engaño. Un experto en la manipulación y en el arte de doblegarla.
Porque eso era lo que acababa de hacer. Había destrozado la firme resolución que ella tenía de dejarlo, dejándola hambrienta de su presencia una vez más. Daba igual lo que él le hiciera. En el fondo sabia la verdad: siempre lo perdonaría, siempre lo extrañaría… y siempre terminaría amándolo de esta misma forma irracional.
—Te… te amo —balbuceó ella contra la palma de su mano, entregándose sin remedio a un sentimiento contra el que era imposible luchar.
Al escucharla, Cristian soltó un gruñido ronco sobre su piel. La aplastó contra él, sin dejar un solo milímetro de distancia, haciéndole sentir su dureza y el fin de su autocontrol.
—Eso es… —murmuró él con esa voz áspera, embriagado por sus palabras—. Repítelo otra vez. Dilo más alto.
Retiró la mano de sus labios, solo para que pudiera pronunciar las palabras con absoluta claridad:

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