Apenas terminó la cena, Cristian se despidió sin querer prolongar más su estancia en aquel sitio.
Se dirigía a su auto cuando escuchó que alguien corría detrás de él. Era el sonido inconfundible de unos tacones sobre el asfalto.
Se giró despacio, observando desde su altura a la mujer, cuya presencia no era ninguna sorpresa.
Guardó silencio, esperando que hiciera su brillante jugada.
Era hombre y se le habían ofrecido lo suficiente a lo largo de sus treinta y tres años de vida como para saber lo que pretendía justo ahora.
—Disculpe, señor Sterling —dijo Camila, intentando recuperar el aire mientras se acomodaba un mechón de cabello detrás de la oreja, esmerándose por lucir presentable luego de tan deplorable persecución—. Mi padre olvidó mencionarle que la bancada tiene dudas sobre la comisión de seguimiento del contrato.
Cristian soltó una leve risa despectiva, llena de ironía.
—Qué preocupado resultó Morales... enviar a su hija a correr detrás de mí. Qué poca consideración con una señorita.
Las mejillas de la joven adquirieron un tono rojizo al instante, pero le sostuvo la mirada con audacia.
—En realidad, fui yo quien insistió en decírselo en persona.
Él esbozó una sonrisa ladina, manteniendo una mano en el bolsillo de su pantalón mientras la otra sostenía el maletín.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué más?
—La verdad es que... —titubeó ella, dando un paso al frente—. La comisión era solo una excusa para no dejarlo ir sin volver a hablarle.
Cristian arqueó una ceja y dio un paso lento hacia ella, acortando la distancia con calma.
—Interesante confesión —murmuró, inclinando apenas la cabeza mientras la recorría con una mirada helada—. Aunque creí haber sido bastante claro allá adentro. Tengo una mujer esperándome en casa y un hijo en camino.
Camila humedeció sus labios, sosteniéndole la mirada con un destello de desafío.
—Lo escuché bastante bien, pero eso no es ningún impedimento para que nos conozcamos un poco mejor —replicó con tono sugerente, dando un paso sutil hacia él.
—A la señorita Morales parece no importarle en absoluto que la tomen de amante —soltó él con desdén—. ¿Tan desesperada está por un hombre?
—No es por un hombre —respondió ella en un susurro, haciendo una confesión que le resultó de lo más patética—. Es por usted.

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