Cristian debía admitir que no había sido el más delicado, aunque presentía desde el inicio que era virgen.
Aquella estrechez. La forma en que lloriqueaba aferrada a sus hombros, con las mejillas sonrojadas y el cuerpo sacudiéndose sin fuerzas debido a sus embestidas. Parecía no haber soportado nunca algo semejante.
Pero no había sangre. Y entonces lo dudó.
Una mujer que se presentaba en su casa por voluntad propia, contratada en un burdel de mala muerte para tener sexo con él, ¿cómo iba a ser virgen?
Sin duda era buena en la actuación.
Era demasiado buena.
Maldita sea, cada vez que recordaba ese primer encuentro, no podía evitar ponerse duro como una piedra.
Esa noche había corrompido a un ángel. La había consumido en su fuego, manchando su piel blanquecina con las huellas de su deseo.
Ella lo había aceptado todo sin protestar, siendo excesivamente complaciente.
Recordaba los chorros de su semen inundando su estrecho canal, en una eyaculación tan brutal que terminó dejándolo sorprendido. Pero ni siquiera pudo detenerse ahí: volvió a tomarla de inmediato, justificándose en su mente bajo la excusa de que aquello solo se debía a los meses que llevaba sin acostarse con una mujer.
Pero entonces ella apareció otra vez, y otra vez.
Hilos de obsesión se fueron tejiendo en su interior sin que pudiera siquiera ser consciente.
Terminó mandando a investigar cada maldita cosa que ella había hecho en los últimos meses. Necesitaba saberlo todo. Absolutamente todo.
Fue en ese preciso instante cuando descubrió que, efectivamente, ella sí había sido virgen. No había estado mintiendo ni actuando, como él tanto intentó convencerse para no tenerle la menor compasión.
Y entonces la obsesión explotó, acompañada de un deseo enfermizo de poseerla sin límites.
Él no supo cuándo, ni ella tampoco; en un momento, en medio de esas noches apasionadas, ella había pasado a ser suya de manera irrevocable.
Antes o después, daba igual. No habría otro hombre en su vida más que él.
Nunca.
Cristian puso el auto en marcha, dirigiéndose al único lugar al que acudía todas las noches sin falta.
No había un solo día en el que no buscara verla, aunque fuera de lejos, aunque solo fuera para conseguir un miserable y fugaz vistazo.
Era increíble cómo ella no lo había extrañado ni un solo instante, mientras que él no dejaba de pensar en ella a cada segundo.
Había hecho por esa mujer cosas que jamás en su vida imaginó haciendo.
Y es que haría cualquier cosa.
Incluso convertirse en alguien más con tal de estar cerca de ella.
Con tal de rozar su mejilla de forma fugaz, así fuera por solo unos instantes.

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