En su oficina, Cristian observaba fijamente la pantalla del computador, pero lejos de estar revisando un asunto de trabajo, su mirada estaba clavada en el reproductor de video. Se trataba del último clip de grabación que su personal de seguridad le había enviado.
En el mismo podía apreciarse a Estefanía de pie al frente de un aula magna, en plena exposición académica. Lucía un atuendo formal que no lograba ocultar del todo la curva de su embarazo, sosteniendo un apuntador mientras explicaba algo en la pantalla que se proyectaba a su lado.
Presionó el botón del ratón para pausar la grabación justo en el momento en que ella miraba al frente y sonreía, satisfecha de sí misma.
La sonrisa de la mujer era fresca, segura… tan dulce como el algodón de azúcar.
No pudo evitar quedarse embelesado ante esa imagen. Le dio zoom inmediatamente, movido por el deseo de observarla más de cerca.
Él había querido ir a verla en persona, escuchar su exposición y presenciar cómo triunfaba, pero últimamente, entre sus idas y venidas, se le había terminado acumulando demasiado trabajo. Asuntos que no podía seguir postergando o dejando en manos de un tercero.
—Señor... ¿ha escuchado una sola palabra de lo que le acabo de decir?
Cristian dirigió su mirada al hombre de pie frente a su escritorio.
—Escuché todo —mintió con un poco molestia por haber sido interrumpido—. Dijiste que la auditoría de la fusión Benavides está lista y que solo falta mi firma para el embargo preventivo.
—Así es, señor —asintió su subordinado, ajustándose la corbata con cierto nerviosismo—. ¿Firmamos entonces?
—Denegado —respondió sin titubear, recordando apenas algunas frases sueltas de lo que aquel hombre había estado parloteando en los últimos cinco minutos—. Rehagan el dictamen. No quiero un solo vacío legal en la cláusula de activos líquidos. Mencionaste un margen de pérdida del cuatro por ciento y eso es inaceptable.
—Entendido, señor. Por otro lado... —el hombre consultó rápidamente su agenda digital—, el senador Morales confirmó la reunión de esta noche en el reservado del restaurante del hotel Plaza. Sus asesores insisten en que el borrador de la ley depende exclusivamente de lo que se decida hoy.
—Estaré allí a las ocho.
—¿Preparamos una comitiva de apoyo para la negociación?
—No. Yo me encargo. Retírate.
Como se había acordado, a las ocho en punto de la noche, Cristian ingresó al reservado del restaurante.
El senador Morales ya ocupaba la mesa principal, pero no estaba solo. A su lado se encontraba una mujer joven que guardaba un evidente parecido con él; bastaba un vistazo rápido para deducir que se trataba de su hija.
—¡Cristian! Qué puntualidad —expresó el político, poniéndose de pie para estrecharle la mano—. Te presento a mi hija, Camila. Acaba de regresar del extranjero tras terminar su maestría y no quiso perderse la oportunidad de acompañarnos.
—Senador. Buenas noches, Camila —saludó, ofreciéndole apenas un estrechón de manos.

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