Tres puntos suspensivos flotaron en la pantalla.
Estefanía no despegó la vista del chat abierto, esperando con ansiedad una respuesta.
«¿Por qué asumes que no te conozco?»
El desconocido le devolvió la pregunta con agilidad.
Ella frunció el ceño.
Aquello era más que obvio.
¿Cómo podría conocerla una persona a la que ella jamás había visto?
Aunque… ¿realmente lo había visto?
Estefanía solo recordaba un brazo largo cubierto por la tela gruesa de un abrigo oscuro que se estiraba sobre su cabeza, una mano enfundada en un guante de piel y una espalda ancha que se alejaba a paso rápido antes de que ella pudiera decir algo.
Aquel día, la escena fue similar: apenas distinguió a un sujeto alto con gorra que se camufló entre la multitud.
Jamás le había visto el rostro.
Ni una sola vez.
Tras pensarlo por un momento, escribió:
«Porque ni siquiera he visto tu cara. No sé quién eres, así que ni siquiera debería estar escribiéndote. Prácticamente te estoy respondiendo a ti, que eres un acosador.»
Envió el mensaje y los tres puntos reaparecieron.
Él no tardó en responder, esta vez mostrando burla:
«Si fueras una presa, serías muy fácil de atrapar. Caíste solita en la trampa escribiéndome tú primero.»
¡Era verdad!
Estefanía se dio cuenta muy tarde de su error.
Ahora ese sujeto tenía su número telefónico.
No pudo evitar maldecir por ser tan ingenua, mientras le advertía con severidad:
«No caí en ninguna trampa. Solo tenía curiosidad. Y te advierto que no soy una persona con la que te puedas meter.»
Tras enviar el mensaje dejó el móvil a un lado, convencida de que la conversación había terminado. Sin embargo, no contaba con que aquel sujeto fuera tan bueno en darles la vuelta a sus palabras.
«Tomaré nota de la advertencia. Aunque, para no ser una persona con la que pueda meterme, caíste en mi juego bastante rápido.»
Nuevamente se estaba mofando de ella.
Estefanía se negaba a dejarle la última palabra, así que pensó en algo inteligente que decir. Ni siquiera había concretado su idea cuando el celular vibró una vez más.
«Aún estás a tiempo de retractarte y bloquearme, o puedes seguir jugando a descubrir quién soy.»
¡Ja!
Bufó, convencida de que era un idiota haciéndose el interesante.
«¿Sabes qué? No me interesa. Chao.»
Estaba buscando el botón de bloquear cuando le llegó otro mensaje:
«De acuerdo. Eres una cobarde.»
Era increíble; parecía que incluso tenía la respuesta preparada desde antes.
«¡No soy ninguna cobarde!»
Sus dedos volaron sobre la pantalla sin pensarlo dos veces.
«¿Entonces cuál es el problema?», envió él de inmediato. «¿O te resulta tan difícil aceptar que le gustas a alguien?»
Por un instante, sintió un cosquilleo en el pecho.
Era halagador tener un admirador; sin embargo, no estaba dispuesta a darle falsas ilusiones a un desconocido.
Era momento de cortarle las alas.
«Por si no te has dado cuenta o no me has visto bien: estoy embarazada.»
Estaba convencida de que eso bastaría para espantarlo de una vez por todas.
Sin embargo, no se esperaba aquella respuesta tan descarada:
«¿Y?»
¿«Y»? ¡Un jodido «Y»!
Ella no pudo evitar indignarse de una manera inexplicable.
Definitivamente estaba loco de remate.
«Bueno, ya que eso tampoco te espanta... ¿qué tal si te digo que tengo un exesposo bastante peligroso? No deberías ni mirarme si no quieres meterte en problemas con él. Ahora sí te bloqueo.»

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