Dos meses después…
Estefanía había recibido la autorización del médico para volver a su rutina.
En su última consulta, más que recibir ese permiso, había descubierto algo que le tenía el corazón lleno de dicha.
Finalmente, su bebé le había dejado ver si sería niño o niña.
No pudo evitar soltar una risita mientras recordaba el momento.
Durante toda la ecografía, el bebé parecía decidido a no dejarse ver, hecho bolita.
El doctor había intentado de todo: que se pusiera de lado, que tosiera y hasta que tomara un sorbo de agua para ver si se movía. Pero nada. No cedía.
Fue justo al final, cuando el médico ya estaba por rendirse y limpiarle el gel de la barriga, que el bebé decidió estirarse a sus anchas.
Con descaro, abrió las piernas de par en par, dejando ver un prominente y nada tímido atributo masculino en primer plano.
—Bueno —soltó el doctor entre risas, congelando la imagen en la pantalla—, tímido no salió. Ahí tiene a su varoncito.
Estefanía encendió la pantalla de su teléfono, donde lucía exactamente esa misma imagen como fondo de pantalla.
No pudo evitar pensar en Cristian y en que, muy probablemente, ya debería de saber que tendría un hijo varón.
Tal como le había prometido, él no había intentado acercarse ni una sola vez. Sin embargo, no verlo no significaba que no estuviera cerca. Cristian era como el viento: completamente invisible, pero constante y presente en cada rincón.
Tampoco podía mentirse a sí misma. Algunas noches había sentido la tentación de llamarlo, especialmente cuando la invadía la melancolía y el mundo entero parecía volverse un lugar infinitamente triste.
Necesitaba —como cualquier mujer en su estado— ser consentida y arrullada con palabras bonitas.
Soñaba con verlo aparecer en su puerta, pero no estaba dispuesta a ceder; sabía que dejarlo entrar tenía un precio muy alto.
Estefanía suspiró y se sentó en una banca de madera bajo la sombra de un frondoso árbol, en medio de las áreas verdes de la universidad.
Abrió un libro de texto sobre su regazo y comenzó a pasar las páginas, intentando concentrarse. Pero, de pronto, un movimiento en el sendero empedrado le hizo levantar la vista.
A lo lejos vio pasar una silueta conocida: un hombre alto, vestido con una chaqueta negra, guantes de piel oscura y una gorra que le ocultaba casi todo el rostro.

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