—Eleonor, por lo visto no se ha enterado... pero Cristian y yo ya nos divorciamos —dijo Estefanía, buscando romper la ilusión de su exsuegra—. Y se lo juro, honestamente no creo que pueda volver a tener una relación sentimental con él. Comenzando porque él nunca supo comunicarse conmigo... porque las cosas entre nosotros jamás empezaron de la forma en que debieron haber empezado.
Le resultó inevitable no echar un vistazo al pasado. A ese momento en especial… La noche en que Cristian le pidió matrimonio, en plena calle, en un lugar remoto, sin siquiera un anillo.
Había sido demasiado ilusa para aceptarlo, conformarse y soñar despierta con que eso era lo mejor que le había pasado en la vida.
—¿Divorcio? —repitió Eleonor con incredulidad, sacándola de sus pensamientos.
La mujer mayor ladeó la cabeza, observándola con los ojos ligeramente entrecerrados, como si acabara de escuchar una locura o un dato que no encajaba en lo absoluto con la realidad.
Pero esa era la verdad. Ya no existía un matrimonio entre ellos.
—La última vez que nos vimos creo que le hablé de esto… —le recordó ella con calma—. Recuerdo muy bien haberle devuelto el anillo de la familia esa misma tarde.
—Querida... las cosas nunca son tan simples —respondió Eleonor, suavizando el tono para ofrecerle lo que pretendía ser un consejo maternal—. Un papel no borra de la noche a la mañana lo que hay entre ustedes, y mucho menos ahora, con este bebé en camino. Los matrimonios pasan por tormentas, pero el amor y la familia siempre encuentran la manera de imponerse si hay voluntad.
—Eleonor… —La miró fijamente con el deseo de replicar y mostrar su desacuerdo.
El consejo de su exsuegra le parecía un poco hipócrita y no era precisamente porque sus palabras carecieran de sentido, sino porque, ¿qué pretendía que hiciera entonces? ¿Que se dejara dominar por su hijo sin más, aceptando cualquier cosa que él quisiera?
Por lo visto, así habían sido sus años de matrimonio con Gonzalo. Sin agregar la violencia doméstica a la que había sido expuesta.
Por respeto, Estefanía no exteriorizó estos pensamientos, pero muy probablemente su mirada habló por ella.
Los ojos de la mujer mayor se llenaron de lágrimas casi al segundo.
—Definitivamente no soy un ejemplo para ti —sollozó, haciendo una pausa mientras sacaba un pañuelo para limpiarse las lágrimas de los ojos—. Mucho menos mi matrimonio lo es para ustedes. Gonzalo y yo somos todo lo que ustedes no deberían ser jamás.
La mente de Eleonor se llenó de recuerdos. Ráfagas de un pasado del que jamás lograría escapar.
Se vio a sí misma décadas atrás. Era apenas una muchacha asustada, vendida por su propia familia bajo la fachada de una alianza estratégica.
La noche de bodas, Gonzalo la había arrinconado sobre la cama, despojándola del vestido a tirones sin el menor atisbo de ternura, ignorando sus lágrimas y el temblor constante de su cuerpo.
Recién se conocían y ella no estaba lista para entregarse de forma carnal. Pensó que tendría más tiempo para prepararse, pero aquel hombre no estaba dispuesto a ser paciente.
—Cállate y quédate quieta, Eleonor. Una esposa aprende a obedecer desde la primera noche —le había susurrado él al oído, dominante como siempre.
Aquellas palabras no se alejaban de la realidad de su propia educación. Desde muy niña le habían inculcado que su verdadero valor radicaba en convertirse en la esposa perfecta.

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