Los días siguientes, Estefanía no salió de casa.
El doctor le había ordenado reposo absoluto y un control riguroso de su tensión.
—Nada de preocupaciones. Tómese estos días para tener la mente en blanco —le había dicho con absoluta seriedad.
Luego de su último episodio hipertensivo, se sentía bastante arrepentida.
No debió alterarse tanto.
Pero Cristian tenía la capacidad de llevarla al límite en cuestión de segundos.
Invalidaba sus decisiones y trazaba su destino como si fuera el dueño absoluto de su vida y de su cuerpo.
Era esa manera tan suya de arrebatarle el control, de tratarla como a un peón en su propio juego, lo que encendía la rabia en su pecho.
Cuando creía que estaba viendo un poco de humanidad en él, siempre le demostraba que no tenía límites, dejándole en claro que, si se lo proponía, podía volverse cada vez peor.
Estaba convencida de que ese niño no era más que otra manera que él se había inventado para doblegarla y tenerla bajo su control.
Por eso pensó en la custodia, convencida de que lo más probable era que ya tuviera planeado quitárselo.
No sabía si ese hombre sería capaz de ser un buen padre... No tenía referente de uno, considerando la marca imborrable que su propio padre había dejado en él.
Llevó una mano a su vientre y lo acarició con suavidad, jurándose en silencio que protegería a su hijo a toda costa. Incluso de él.
—Señora…
Un toque suave en la puerta le hizo girar la cabeza hacia la entrada de la habitación.
Sonya se asomó levemente, pidiendo permiso antes de dar un par de pasos al interior.
—Disculpe que la interrumpa, señora, ¿puedo pasar? —preguntó con voz baja—. Tiene una visita.
Sus hombros se volvieron rígidos al segundo.
Un solo nombre cruzó por su mente.
—¿Una visita? —se incorporó despacio sobre la cama—. ¿De quién se trata, Sonya?
—Es…
La empleada no alcanzó a terminar la frase cuando la puerta terminó de abrirse.
Frente a ella estaba Eleonor, luciendo tan impecable como la mujer de alta sociedad que siempre había sido.
—Hola, querida —saludó Eleonor, esbozando una suave sonrisa. Esa sonrisa maternal que siempre le dedicaba sin importar el tiempo—. Hace mucho que no nos vemos.

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