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El juguete del abogado romance Capítulo 163

—De ninguna manera.

La respuesta de Cristian era la de una persona completamente negada a la posibilidad.

Renunciar a la custodia de su hijo no estaba en discusión.

—Entonces solo estás esperando a que nazca para quitármelo, ¡admítelo de una vez! —escupió Estefania, convencida de que ese era su plan—. Vas a esperar a que lo tenga en mis brazos para arrebatármelo, ¡porque eso es lo que mejor sabes hacer!

—Y si te dijera que sí, ¿qué? —la cortó él con una voz tan fría y afilada que la hizo retroceder—. ¿Qué harías, Estefanía? ¿Vas a amenazar con lanzarte por la ventana? ¿O vas a limitarte a llorar acurrucada en un rincón mientras ves cómo me lo llevo? Déjate de idioteces. Eso no va a pasar. Pero supongamos por un segundo que pasara... ¿entonces qué? No eres lo suficientemente valiente para enfrentarme.

Por un segundo horrendo, a Estefanía le pareció ver la escena con una claridad desgarradora en su mente: sus brazos vacíos, el llanto sordo de un recién nacido alejándose por el pasillo.

Sin medir las consecuencias, se abalanzó sobre él y lo empujó con todas sus fuerzas, estrellando los puños contra su pecho.

—¡No me vas a quitar a mi hijo, Cristian!

Él le atrapó las muñecas en el aire, perdiendo por completo la compostura.

—¡Ya basta! —le gritó a milímetros de su rostro, alzando la voz como pocas veces lo había hecho—. ¡Estás actuando como una demente! ¡No habrá ningún maldito bebé si sigues por este camino! ¡¿Es que no te das cuenta de que le estás haciendo daño?!

Fue entonces cuando reaccionó.

El pecho de Estefanía subía y bajaba sin control. Mientras un latido sordo se apoderaba de sus oídos.

Realmente estaba perdiendo el juicio, sobrepasando los límites de su propio cuerpo y poniendo en riesgo la vida que crecía dentro de ella.

El hombre la soltó bruscamente, pero lejos de calmarse, continuó, implacable y brutal:

—Si no me quieres ver durante estos meses, no me vas a ver. Me mantendré al margen si eso es lo que quieres —sentenció, clavándole una mirada sombría y amenazante—. Pero más te vale que te cuides y no le pase absolutamente nada a mi hijo…

Sus palabras no debían ser tomadas a la ligera y ella lo sabía perfectamente.

Ya lo había visto tomar venganza con Graciela por la pérdida de su hija. Una muestra aterradora de lo que era capaz cuando traspasaba los límites de la cordura.

—Ahora vas a subir al segundo piso y vas a esperar a que el doctor te revise —demandó él, alzando ligeramente su mentón para mirarla desde arriba—. ¿Me escuchaste?

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