Vanesa se tensó por una fracción de segundo, pero por fuera mantuvo su fachada intachable:
—¿De la exesposa del señor Serrano?
Y, en un abrir y cerrar de ojos, lo descifró todo:
—Lo que en realidad quiere preguntarme es si aproveché esa cirugía para modificar mi rostro y volverme una copia exacta de su exesposa, todo para meter a Julián en mi cama. Y que, aprovechando que me llamo igual, el plan resultaba perfecto, ¿no es así?
—¿Y lo hiciste? —contraatacó él.
Vanesa soltó una carcajada:
—Tal vez sí. Ya sabe que soy una mujer que siempre consigue lo que se propone.
A simple vista, parecía una charla común y corriente; pero en el fondo, era una auténtica partida de ajedrez psicológico.
Vanesa sonreía con dulzura, proyectando una imagen de ternura absoluta mientras permanecía frente a él.
Por un microsegundo, la ilusión fue tan perfecta que Fabio juró estar viendo a la Vanesa de antaño.
Fue ella quien rompió el encanto con otra pregunta:
—¿Acaso usted también cayó en el juego? ¿Me está usando para reemplazar a su difunta esposa? Cualquiera que lo escuchara juraría que todavía está perdidamente enamorado de ella.
Al decir eso, soltó una risa cargada de ironía.
—Aunque, conociendo la historia, sé perfectamente que no es así. Si tanto la amaba, ¿cómo fue capaz de ser usted mismo quien la mandara al Centro Penitenciario de Jalapa? Al fin y al cabo, eso dejó de ser un secreto hace muchísimo tiempo. —Se lo dijo con una sonrisa resplandeciente.
Aquella ráfaga de palabras venenosas y llenas de soltura, fue más que suficiente para que las sospechas en la cabeza de Fabio se desmoronaran.
La Vanesa que él recordaba, jamás habría pronunciado algo tan mordaz y cínico.
Ni mucho menos habría tenido la agudeza mental para devolverle el golpe con semejante facilidad.
Esbozó una sonrisa débil, burlándose de su propia paranoia.
Poco después, bajó de nuevo la mirada hacia ella.
—¿Seguimos? —fue ella la que tomó la iniciativa de preguntar.
—Mmh... —murmuró él, con una voz ronca y perezosa.
—¿Porque me parezco tanto a ella? —lo cuestionó, mientras un sutil empujón o gesto de coqueteo acompañaba sus palabras.
—Mmh... —respondió, sin siquiera molestarse en negarlo.
Sus labios atraparon los de ella una vez más, ahogando cualquier otra palabra que intentara decir.
En lo más profundo de su ser, Vanesa soltó un largo suspiro.
El rechazo seguía latente en sus entrañas, pero le resultaba imposible escapar de esa prisión.
Sus piernas cedieron bajo el peso de él y volvió a caer sobre la cama.
Él no tardó ni un segundo en cubrir su cuerpo con el de él.
—Voy para allá ahora mismo —respondió sin la menor duda.
El agente procedió a darle la dirección exacta.
Resultó ser una de las comandancias locales ubicadas en el distrito de Hongkou, en pleno Jalapa.
Terminó la llamada de golpe, recogió sus cosas a toda prisa y se dispuso a salir corriendo por la puerta.
Fabio no dejó de observarla con el ceño fruncido todo ese tiempo.
—Vanesa, ¿qué es lo que está pasando?
En todo el tiempo que llevaba conociéndola, jamás la había visto tan alterada ni asustada.
A ella no le quedó más remedio que soltarle la verdad de golpe:
—Paz apareció sola aquí en Jalapa. No sé qué le pasó, pero tengo que ir por ella a la policía en este mismo instante.
Esa noticia también logró sacarlo de sus cabales.
Él conocía a esa niña perfectamente.
Y por supuesto que sabía del vínculo tan cercano que tenía con Vanesa.
Ante los ojos de todos, Paz Jiménez era la hija de Clarissa Jiménez y prima de Julián.

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