El caos estalló en un instante. Los gritos agónicos de Giselle atrajeron a las enfermeras, que llegaron corriendo. Pacientes, familiares y curiosos se aglomeraron alrededor de la dantesca escena.
—¡Dios mío! —exclamó una enfermera, pálida de terror—. ¡Rápido, avisen al doctor y preparen el quirófano!
El personal médico comenzó a correr frenéticamente, mientras los curiosos sacaban sus celulares para grabar el horror.
—¡Esto es un intento de homicidio!
—¿Esa no es la esposa de Fabio Serrano? ¿Vanesa Arias? ¡Qué barbaridad, apuñalar a una mujer embarazada en la barriga!
—Si no se dan prisa, morirán los dos.
—¡Qué mujer tan despreciable! ¡Deberían pudrirla en la cárcel!
Los murmullos se convirtieron en acusaciones directas contra Vanesa, quien cayó de rodillas al suelo, jadeando en busca de aire.
—¡Yo no fui... no he matado a nadie! —intentó defenderse, pero sus palabras se perdieron en el escándalo.
La situación se descontroló por completo. La noticia llegó a oídos de Fabio y Bruno Velasco, quienes se dirigieron de inmediato al lugar. Pero la primera en llegar fue Graciela Galván.
La madre de Fabio, que había ido al hospital al enterarse de que Giselle estaba allí, tenía toda su esperanza puesta en ese bebé varón. Él iba a ser el heredero Serrano que tanto anhelaba, la joya de la corona. Además, Graciela siempre había preferido a Giselle; si no fuera porque Vanesa se interpuso, ella habría sido la señora de la casa desde el principio.
Al ver la escena, el rostro de Graciela se desfiguró. Para cuando llegó, ya estaban subiendo a Giselle a una camilla; estaba inconsciente y la sangre no dejaba de brotar, inundando el pasillo con un espeso olor metálico.

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