Vanesa mantuvo la boca cerrada. No podía permitirse mostrar debilidad frente a Giselle, ni dejar que notara cuánto la habían afectado sus palabras. Hacerlo solo le daría más poder para destruirla.
Se limitó a clavar sus ojos en ella, sin pestañear.
A Giselle no pareció importarle y continuó con su teatro macabro.
—Al principio, no pensaba destruirte por completo. Al fin y al cabo, nunca fuiste una amenaza real para mí. Pero las cosas han cambiado y he decidido que con los enemigos hay que ser despiadada, no vaya a ser que haya contratiempos, ¿sabes?
Cada palabra destilaba veneno puro, pero Giselle las pronunciaba con la misma ligereza que si estuviera comentando el clima.
Vanesa frunció el ceño, escuchándola. De repente, su rostro perdió todo el color. Al terminar su discurso, Giselle abrió la mano libre y, de la nada, apareció una navaja pequeña. La hoja apuntaba directamente hacia Vanesa.
—Giselle, ¿qué estás haciendo? —preguntó Vanesa, tratando de sonar calmada.
No se movió ni un centímetro. Su mayor terror era que Giselle hubiera perdido por completo la razón y la atacara. En Jalapa, Fabio siempre protegería a su amante, pero a Vanesa nadie la salvaría. No podía jugarse la vida; necesitaba garantizar la seguridad de su bebé.
—Estamos en un lugar público. Si intentas algo, será homicidio. Y el homicidio se paga con la cárcel. Eres famosa, sabes perfectamente cómo terminará esto —razonó Vanesa, con la voz templada.
Pero sus palabras solo lograron que la sonrisa de Giselle se ensanchara. Era una mueca espeluznante que hizo que a Vanesa se le erizara la piel.
Era la primera vez que no lograba descifrar qué pasaba por la mente retorcida de esa mujer, y el instinto de supervivencia le gritó que estaba a punto de ocurrir una tragedia.
En un movimiento rápido, Vanesa tiró de su propio brazo con todas sus fuerzas y, en el proceso, le arrebató la navaja de las manos. Fue sorprendentemente fácil. Giselle pareció soltarla en el instante en que Vanesa rozó el mango.

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