Cuando Vanesa logró alzar la vista, se topó de lleno con la mirada inyectada en sangre de Fabio Serrano. Sus ojos rebosaban una furia homicida dirigida exclusivamente hacia ella.
El corazón de Vanesa se desplomó. Era la desesperación absoluta.
—¡Cueste lo que cueste, salven a la madre! —le rugió Fabio al doctor, con una voz que hizo temblar el pasillo.
El médico asintió aterrado, sin atreverse a dudar, y metieron a Giselle de urgencia al quirófano.
Fabio no la siguió. En lugar de eso, caminó a paso firme hasta donde estaba Vanesa, ignorando por completo a la multitud morbosa que presenciaba la escena. Su mano grande y fuerte agarró a Vanesa por el cuello de la blusa, y sin piedad, le propinó una bofetada que resonó en el silencio.
Sumado a los golpes previos de Graciela, la boca de Vanesa comenzó a sangrar profusamente. Su aspecto era deplorable, pero en medio de la golpiza, su único instinto fue abrazar su vientre. Era la naturaleza de una madre intentando proteger a su bebé, aterrorizada de que algo le ocurriera.
Pero el Fabio que tenía enfrente parecía un demonio recién salido del infierno. Vanesa realmente creyó que iba a matarla allí mismo.
—Vanesa, ¿cómo te atreviste? —siseó Fabio, aferrándola del cuello, asfixiándola con sus propias manos.
Estaba dispuesto a arrastrarla a las llamas con él. Vanesa no podía emitir un solo sonido. Sacudió la cabeza frenéticamente, negando con lágrimas en los ojos, pero él jamás le creería.
Los dedos de Fabio se clavaron con más fuerza, sus nudillos blancos por la presión. Vanesa empezó a ahogarse; la asfixia era una tortura insoportable. Los espectadores miraban horrorizados, pero nadie se atrevía a intervenir, aterrorizados de que la ira del Señor Serrano se desviara hacia ellos.
Fabio la acorraló contra la pared, levantándola hasta que sus pies dejaron de tocar el piso. Al faltarle el oxígeno, el bebé en su vientre comenzó a agitarse desesperado.
—Mgh... —intentó gemir Vanesa, con el rostro cadavérico.

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