«...»
—De acuerdo, me quedo. ¿Me siento en tu habitación? ¿O compartimos la cama?
«...»
Cada palabra de Fabio era afilada e implacable, arrinconando a Vanesa contra la pared, dejándola sin salida.
Vanesa de verdad no sabía qué responder.
Sus intenciones habían sido simples: solo quería saber si podía conciliar el sueño estando él cerca.
Pero aquella ráfaga de preguntas la hizo sentir humillada.
Aún así, hizo un esfuerzo sobrehumano por aparentar calma.
—No. Solo quiero que estés en mi habitación durante media hora para ver si logro dormir —explicó torpemente, presas del pánico.
—O si prefieres, en la sala también está bien —añadió rápidamente, señalando el espacio.
Luego hizo una pausa:
—Pero sé que te estoy pidiendo demasiado. Si no quieres, no te obligaré.
Al final, logró decirlo.
Pero al hacerlo, la que terminó viéndose como la desesperada y encimosa fue ella.
Ni ella misma podía soportarse en esa faceta.
Esa extraña dinámica en la que estaban la hacía sentir miserable.
Así que se rindió.
Y se quedó en silencio.
Fabio se dio la media vuelta, y ella asumió que se marcharía.
Al fin y al cabo, Silvia lo estaba esperando.
Además, ninguna mujer podría ser tan comprensiva en una situación así.
Ni siquiera la antigua Vanesa habría tolerado algo semejante.
Cualquiera, al llegar al límite de su paciencia, explotaría.
Pero, para su total asombro, Fabio comenzó a caminar directamente hacia la habitación principal.
Al darse cuenta de que no lo seguía, se detuvo y la miró con el ceño fruncido.
—¿No querías que te acompañara para que pudieras dormir? ¿Qué haces ahí pasmada? —preguntó con voz gélida.
Vanesa se levantó mecánicamente.
Fabio entró a la habitación sin mirar atrás.
El dormitorio principal era amplio y tenía un sofá, por lo que él no tendría que quedarse de pie.
Pero en ningún momento le dirigió la palabra a Vanesa; simplemente se sentó, sacó su celular y se puso a revisar algunos asuntos, con la cabeza baja.

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