La llamada era de Silvia.
—Ya voy para allá —dijo Fabio en voz baja.
Se quedó escuchando un momento antes de colgar.
Durante toda la llamada, no dio un solo paso hacia la puerta. Parecía que la había atendido a propósito para que Vanesa lo escuchara.
Vanesa sintió un sabor amargo en la boca.
Si tanto quería coquetear con su novia, ¿no podía hacerlo en su propio departamento?
Podría haber salido mientras hablaba.
¿Tenía que ponerse cariñoso justo en su cara?
Para colmo, después de colgar, Fabio se volvió hacia ella:
—Por cierto, Paz te extraña mucho. Ya que volviste al edificio, deberías ir a verla. Ahora estás a salvo y no le afectarás en nada. Además, tampoco te he pedido que te la lleves contigo.
Sus palabras sonaron como si le estuviera diciendo que era una mala madre.
Vanesa se encerró aún más en su silencio.
Se quedó completamente quieta.
Sin embargo, se dio cuenta de que, con él allí, su estado de ánimo se volvía sorprendentemente tranquilo.
Todos sus pensamientos caóticos se habían esfumado.
Incluso comenzaba a sentir sueño.
No sabía si Fabio era su antídoto o su veneno.
Al ver que ella no decía nada, él simplemente se dio la vuelta y se dirigió hacia la salida.
—¡Fabio! —Esta vez, fue ella quien lo detuvo.
Él detuvo su mano en el pomo de la puerta y se quedó en silencio un segundo.
Luego se giró hacia ella:
—¿Qué pasa?
Vanesa se sintió cobarde.
En cuanto él habló, ella perdió la voz.
Él la miró sin apresurarla.
No había impaciencia en su rostro, pero Vanesa sentía que si alargaba la situación, él terminaría fastidiado.
Pero necesitaba saber si realmente él era la razón por la que lograba sentirse en paz.

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