Ya estaba oscureciendo. Un delicioso aroma a comida casera llenaba el pequeño y acogedor departamento.
Dina sirvió los platillos perfectamente sazonados, limpió la cocina y por fin sacó su celular para escribirle a su novio.-
[Mateo, ¿ya vienes? Ya está la cena, te espero para comer juntos.]
Justo después de enviar el mensaje.
Se escuchó el giro de la llave en la puerta.
Dina se puso de pie. Al ver al hombre que entraba, sus ojos se llenaron de alegría. —Ya llegaste.
Él medía casi un metro noventa y llevaba un elegante traje oscuro. Tenía un porte maduro y sofisticado, con unas facciones tan perfectas que parecían esculpidas. Cuando no sonreía, desprendía un aura de frialdad y distancia.
Aunque solía ser un hombre de pocas palabras.
Dina conocía a fondo su lado tierno y protector.
Por eso, su actitud reservada nunca le importó.
Al verla, Mateo esbozó una ligerísima sonrisa.
—¿Todo bien en el trabajo? —preguntó Dina, acercándose y abrazándose a su brazo con total naturalidad, recargando su cuerpo contra el suyo.
—Un poco complicado —respondió Mateo, bajando la vista para quitarse los zapatos y pasando un brazo por la cintura de ella—. Pero nada que no pueda resolver.
—¿Perderás tus vacaciones?
—No.
—Ven, vamos a cenar —Dina lo guio hasta la mesa con una sonrisa y fue a traerle un vaso de jugo natural.
Él era bastante especial con lo que consumía.
Nunca tomaba bebidas embotelladas, solo jugos recién exprimidos.
Dina dejó el vaso frente a él, le sirvió comida y luego se sentó al otro lado de la mesa.
Estaba pensando en cómo sacar el tema del embarazo.
Cuando, de pronto, su mirada se cruzó con los ojos profundos y enigmáticos de Mateo.
Él la observaba en completo silencio.
Dina sonrió ligeramente. —¿Qué pasa?
El hombre frunció un poco el ceño, como si llevara encima una carga muy pesada. Al notarlo, Dina también frunció el ceño por pura preocupación.
—¿Ocurrió algo malo? —volvió a preguntar.

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