Bianca frunció el ceño, abriendo la boca para exigir una explicación.
El primer disparo sonó antes de que pudiera preguntar qué significaba aquello, retumbando contra las paredes de piedra de la iglesia.
Los gritos comenzaron inmediatamente, detonando el pánico entre los asistentes que comenzaron a levantarse atropelladamente.
Francesco sacó su arma con la rapidez de alguien que llevaba demasiados años sobreviviendo a situaciones como aquella, reaccionando por instinto entrenado. Disparó contra uno de los hombres de Salvatore antes de que terminara de sacar su propia pistola y se movió hacia un costado cuando otro intentó responder, utilizando una columna de mármol como refugio. Elio apareció desde uno de los laterales al mismo tiempo que varios hombres de Matthias cerraban las salidas, ejecutando una maniobra coordinada sin emitir una sola orden verbal.
Aquello no era un ataque improvisado.
Era una ejecución preparada.
Los invitados comenzaron a arrojarse al suelo y a buscar cualquier lugar donde cubrirse, pisoteándose entre sí y derribando los arreglos florales. Algunos hombres de familias que no tenían participación en el conflicto levantaron las manos o se apartaron rápidamente hacia las paredes, entendiendo que intervenir significaría escoger un bando y firmar su propia sentencia.
Bianca intentó correr, soltando el ramo de flores que cayó al suelo.
Matthias atrapó su brazo con un agarre que nada tenía de protector.
—¡Suéltame! —chilló ella, retorciendo la muñeca con desesperación.
Ella tiró con fuerza, pero apenas consiguió moverlo. Matthias la hizo girar con brusquedad y la sostuvo contra él mientras Bianca buscaba desesperadamente a su padre entre el caos de disparos y humo.
—¿A dónde vas? —preguntó Matthias, sin elevar la voz pese a los disparos que continuaban alrededor, observando el terror reflejado en las pupilas de la joven—. Todavía no terminamos nuestra boda.
Bianca lo miró aterrorizada, sintiendo la fuerza aplastante del torso de Matthias contra su espalda.
—¿Qué estás haciendo?
Matthias sacó el cuchillo con la mano libre, el metal destellando bajo las luces de la iglesia.
Salvatore lo vio desde su posición.
—¡ANGELINI! —rugió, intentando abalanzarse hacia el altar.
Matthias no apartó los ojos de Bianca, sintiendo cómo el cuerpo de ella temblaba descontroladamente entre sus brazos.
—Tu padre sabe perfectamente qué estoy haciendo.
El miedo de Bianca se transformó en comprensión demasiado tarde, leyendo en los ojos de Matthias la sentencia definitiva. Matthias pasó un brazo alrededor de ella y acercó la hoja a su cuello, sintiendo el pulso acelerado de la arteria contra el metal frío.
—Matthias, espera... —suplicó ella con un hilo de voz, dejando caer las lágrimas.
—Leonel también pidió tiempo.
Salvatore intentó avanzar, esquivando a los invitados que gateaban por el suelo.
Dos disparos lo obligaron a cubrirse detrás de uno de sus hombres, maldiciendo con rabia contenida.
Matthias acercó la boca al oído de Bianca, pronunciando las palabras con una calma aterradora.
—Y ustedes no se lo dieron.
El cuchillo atravesó su cuello con un movimiento rápido, preciso y definitivo.
Bianca abrió los ojos desorbitadamente, dejando escapar un ahogado chasquido de aire.
Durante un segundo pareció no comprender qué había ocurrido, sintiendo un calor abrasador extenderse por su garganta. Después llevó ambas manos hacia la herida mientras la sangre comenzaba a extenderse sobre el frente de su vestido, brotando entre sus dedos.
Matthias la soltó sin la menor contemplación.
Bianca cayó de rodillas sobre la alfombra.
El blanco comenzó a teñirse de rojo, absorbiendo el líquido espeso con rapidez.
Matthias observó el vestido, contemplando su obra con una frialdad absoluta.
—Te lo advertí.
Bianca intentó presionar la herida, buscando desesperadamente retener la vida que se le escapaba. Sus manos temblaban mientras buscaba contener la sangre y su respiración se volvía desesperada, emitiendo gorgoteos ahogados.
—¡BIANCA!
El grito de Salvatore atravesó la iglesia, desgarrador y lleno de furia impotente.


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