Matthias acomodó uno de los gemelos de su muñeca y después hizo lo mismo con el otro mientras observaba la hora. Sus ojos, fríos y calculadores, se posaron sobre las manecillas del reloj con una impaciencia contenida. Habían pasado cinco minutos desde el momento acordado para comenzar la ceremonia y detestaba esperar. Siempre lo había hecho. En su mundo, llegar tarde podía significar una falta de respeto, un error o una muerte, y no acostumbraba tolerar ninguna de las tres. Sin embargo, por aquella boda había esperado bastante más que cinco minutos. Había soportado reuniones, acuerdos, conversaciones con Salvatore y una ceremonia de compromiso que jamás había significado para él lo que todos habían supuesto.
Podía concederle a Bianca algunos minutos más, después de todo, consolándose con la certeza de que el espectáculo final compensaría cada maldito segundo perdido.
Devora permanecía sentada en la primera fila y tuvo que hacer un esfuerzo para no mirar su teléfono otra vez. Mantuvo la columna erguida y la barbilla en alto, forzando una compostura impecable mientras sus entrañas se agitaban en una mezcla de euforia y ansiedad. El mensaje continuaba demasiado fresco en su memoria.
La limusina explotó. La novia está muerta.
La satisfacción que había sentido al leerlo seguía instalada dentro de ella, un fuego cálido y victorioso que le recorría las venas. Matthias podía esperar cinco minutos, diez o media hora. Bianca Vitale no cruzaría aquellas puertas. Jamás llegaría al altar ni ocuparía el lugar que Devora había considerado suyo desde mucho antes de que Salvatore decidiera entregar a su hija al capo de los Angelini.
Un movimiento entre los invitados consiguió que levantara la mirada. Sus párpados temblaron levemente cuando el murmullo de la multitud cambió de tono.
Las puertas se abrieron con un chirrido pesado que retumbó en la catedral.
La sonrisa desapareció de su rostro, dejando sus facciones esculpidas en una máscara de absoluto estupefacción.
Bianca apareció del brazo de Salvatore.
Devora sintió que los dedos le temblaban sobre el bolso de terciopelo, apretando el tejido hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a la mujer, después hacia Matthias buscando alguna reacción en su rostro impenetrable, y nuevamente a Bianca, buscando alguna explicación que no encontró. Era ella. Llevaba el mismo vestido exagerado que había elegido, caminaba del brazo de su padre y estaba completamente ilesa.
No.
La limusina había explotado.
Bianca debía estar muerta.
Pero avanzaba hacia el altar, dando pasos firmes sobre la alfombra roja.
Lo que Devora no sabía era que Matthias había contemplado la posibilidad de un ataque mucho antes de aquel día. Mientras fingía ajustar el botón de su saco, Matthias recordó la orden que había dado la noche anterior a sus hombres. La unión pública de dos familias atraía demasiadas miradas y ofrecía una oportunidad demasiado sencilla para cualquiera que quisiera golpear a los Angelini o a los Vitale. Por eso la limusina que todos esperaban ver trasladando a Bianca había salido siguiendo el recorrido previsto, mientras ella y Salvatore utilizaron otro vehículo. La información sobre el primer automóvil había circulado exactamente como Matthias quería.
Alguien había mordido el anzuelo.
La explosión podía investigarse después, pensó Salvatore, manteniendo la mirada fija en la dirección del capo.
En ese momento Bianca tenía otra prioridad. Ajustó el velo sobre sus hombros con un movimiento sutil de la cabeza y apresuró ligeramente el paso, devorando la distancia que la separaba del hombre que representaba todo lo que siempre había deseado.
Convertirse en la señora Angelini.


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