Salvatore dio un grito desgarrador cuando vio el disparo en su pecho. Mientras los ojoa de Matthias estaban fijo en él sin el menor remordimiento. Uno de los hombres que cubría a Salvatore recibió el impacto en la cabeza antes de poder responder, cayendo seco hacia atrás. Elio apareció desde el otro lado y derribó a otro con dos disparos certeros al pecho. Francesco avanzó sin apresurarse, cambiando el cargador con la tranquilidad de quien había hecho aquello demasiadas veces, dejando caer el cartucho vacío sobre el suelo de piedra.
—¡Cierren las puertas! —ordenó Francesco mientras señalaba hacia uno de los accesos principales con el cañón de su arma—. ¡Ningún Vitale sale!
Los hombres de Matthias obedecieron de inmediato, empujando los pesados portones de madera y pasándoles los cerrojos de hierro.
La iglesia se convirtió en un enfrentamiento cerrado, un callejón sin salida dominado por el olor a pólvora y azufre.
Los invitados ajenos al conflicto permanecían agachados, cubriéndose la cabeza y rezando en voz baja mientras los hombres de ambas familias intercambiaban disparos a corta distancia. Salvatore aprovechó que dos de los suyos cubrían su posición con fuego cruzado para intentar retroceder arrastrándose con Bianca.
—¡Sáquenla de aquí! —ordenó mientras entregaba a su hija a uno de sus hombres más leales, con los ojos desesperados.
El hombre recibió a Bianca en brazos, sintiendo el peso muerto de la joven.
Ella apenas reaccionó, con la mirada perdida en el techo decorado de la iglesia.
—Señor, tenemos que movernos —urgió el soldado, mirando a su alrededor.
—¡Llévatela!
Matthias vio el movimiento entre la multitud.
Su expresión cambió, endureciéndose aún más.
—Elio.
No necesitó decir más.
Elio disparó hacia el hombre que intentaba sacar a Bianca, alcanzándolo en el hombro. Otro Vitale respondió al fuego y una bala pasó cerca del rostro de Matthias, rozando el aire con un chasquido. Él giró inmediatamente y disparó dos veces, derribando al tirador al instante.
Después avanzó a paso firme.
Uno de los hombres de Salvatore intentó golpearlo cuando se quedó sin espacio para utilizar el arma, lanzándole un puñetazo cegado por la desesperación. Matthias bloqueó el primer golpe con el antebrazo, hundió el puño con fuerza bruta en su abdomen escuchando cómo el aire salía ruidosamente de sus pulmones, y lo sujetó por la chaqueta antes de estrellarlo violentamente contra uno de los bancos de roble. El hombre intentó levantarse balbuceando. Matthias lo golpeó otra vez en el rostro con el nudillo y continuó caminando sin perder el ritmo.
No estaba allí para pelear eternamente.
Aquello era una limpieza implacable.
—Francesco, termina con esto —ordenó Matthias sin detener su marcha.
—Con gusto —respondió Francesco, esbozando una sonrisa sombría.
Francesco levantó el arma.
Los Angelini comenzaron a avanzar en formación, barriendo cada rincón del recinto.
Poco a poco, los disparos de los Vitale disminuyeron hasta convertirse en detonaciones aisladas.
El hombre que llevaba a Bianca terminó en el suelo abatido por las balas, y ella quedó tendida a pocos metros, sobre las baldosas frías. Matthias llegó hasta ella cuando todavía respiraba débilmente, emitiendo un silbido agónico.
Bianca movió los ojos hacia él con un último vestigio de conciencia.
Matthias se agachó a su lado, inclinando el rostro hacia ella.
—No debiste intentar tocar a mi hijo.
Bianca pareció reaccionar, un destello de luz cruzó sus pupilas moribundas.
Una comprensión distinta y aterradora atravesó su rostro.
Matthias ya lo sabía.
Sabía que los Vitale estaban buscando a Davinna.
Y aquello únicamente había terminado de condenarlos a todos.
Bianca tomó una última respiración, estremeciéndose por completo.
Después dejó de moverse; sus ojos quedaron fijos en el vacío.
Matthias se puso de pie tranquilamente, limpiándose las manos con un pañuelo.

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