El sábado llegó mucho más rápido de lo que Davinna habría querido.
Abrió los ojos poco después de las siete de la mañana y lo primero que encontró fue a Sicario sentado a pocos centímetros de su almohada, observándola con una atención que habría resultado inquietante de no haberse acostumbrado ya a despertar con aquel pequeño intruso en los lugares más inesperados. El mono inclinó la cabeza cuando ella parpadeó y acercó una mano hacia su cabello, pero Davinna atrapó sus dedos antes de que pudiera tirar de un mechón.
—Ni se te ocurra —murmuró todavía adormilada mientras apartaba su mano—. Hoy no estoy de humor para soportarte.
Sicario emitió un pequeño sonido y permaneció sentado en el mismo lugar.
Davinna cerró los ojos otra vez, pero apenas tardó unos segundos en recordar qué día era.
Sábado.
Habían pasado dos semanas. Matthias se casaba aquel sábado.
La certeza consiguió espantar de golpe cualquier posibilidad de volver a dormir. Se quedó mirando el techo mientras una sensación incómoda comenzaba a instalarse en su pecho. Habían pasado casi dos semanas desde aquella conversación junto a la piscina y Matthias había cumplido exactamente con lo que ella le pidió. No había vuelto a aparecer. No había intentado buscarla ni había utilizado a Elio para enviarle mensajes. El médico continuaba llegando cuando correspondía, la seguridad de la residencia seguía siendo exagerada y nunca le faltaba absolutamente nada, pero Matthias había desaparecido de su vida personal con una facilidad que Davinna se negaba a analizar demasiado.
Había conseguido exactamente lo que pidió.
Y tendría que aprender a vivir con ello.
—Hoy tu dueño se casa —le informó a Sicario mientras se incorporaba y apartaba las sábanas.
El mono volvió a emitir un sonido.
Davinna lo señaló inmediatamente.
—No quiero comentarios. Hoy vamos a tener un día excelente y no voy a pensar en Matthias Angelini ni una sola vez.
Sicario la miró.
Davinna frunció el ceño.
—Deja de mirarme así. Ni siquiera ha pasado un minuto y ya me estás irritando.
Aquello consiguió sacarle una sonrisa que desapareció casi inmediatamente cuando apoyó una mano sobre su vientre. La curva ya comenzaba a hacerse más evidente y cada mañana tenía la costumbre de mirarla como si esperara encontrar algún cambio extraordinario ocurrido durante la noche. Todavía le costaba creer que dentro de ella creciera un niño. Su niño. Un pequeño ser que no tenía ninguna responsabilidad por las decisiones absurdas de sus padres y que merecía llegar a un mundo donde, al menos de parte de ella, nunca tuviera dudas sobre cuánto lo querían.
Matthias podía casarse.
Ella tenía cosas más importantes que hacer.
Se levantó de la cama decidida a demostrarlo.
Una hora después bajó vestida con ropa cómoda y encontró a Gemma terminando de organizar el desayuno. Sicario la seguía de cerca, aunque desapareció de su lado apenas descubrió un plato con fruta sobre la mesa. Davinna alcanzó a verlo tomar una fresa antes de que Gemma pudiera impedirlo.
—Déjalo —dijo mientras ocupaba una silla—. Al parecer los Angelini tienen un problema hereditario con robar comida ajena.
Gemma soltó una risa mientras Sicario se acomodaba con la fresa entre las manos.
—El señor Angelini no roba comida.
Davinna levantó lentamente la mirada.
—Ese hombre se ha comido suficientes pasteles que no le pertenecían como para mantener La Dolce Vite funcionando durante un mes.
La sonrisa de Gemma aumentó, pero tuvo suficiente prudencia para no responder.
Davinna tomó su taza.
Otra vez Matthias.
Ni siquiera había terminado de desayunar y ya lo había mencionado dos veces.
—Cambio de planes —anunció después de beber un poco—. Voy a trabajar.
Gemma dejó lo que estaba haciendo.
—¿Hoy?
Davinna arqueó una ceja.
—Hasta donde recuerdo, los sábados siguen siendo días laborables.
Gemma dudó apenas un instante.
—Pensé que quizá preferiría quedarse aquí.
Davinna comprendió perfectamente lo que no estaba diciendo.
No quería que saliera porque aquel día Matthias se casaba y probablemente media Sicilia hablaría de ello.
Precisamente por eso no pensaba esconderse.
—No voy a quedarme encerrada contando las horas hasta que un hombre se ponga un anillo —respondió mientras dejaba la taza—. Tengo un negocio, clientes y demasiadas facturas. Así que voy a trabajar.
Gemma asintió sin discutir.

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