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El Heredero del Arrogante Millonario romance Capítulo 90

Dos noches después.

A varios kilómetros de la residencia donde comenzaban los preparativos para anunciar el compromiso de Matthias Angelini y Bianca Vitale, un hombre llevaba horas intentando no moverse.

El sudor le recorría la frente y caía desde la punta de su nariz hacia el suelo. Tenía las manos atadas detrás de la espalda y una cuerda gruesa sujetaba sus tobillos, manteniéndolo suspendido de cabeza a poco más de un metro del piso. El problema no era la posición ni el dolor que comenzaba a sentir en todo el cuerpo.

Eran las serpientes debajo de él.

Había varias.

Se desplazaban unas sobre otras dentro del espacio cerrado mientras el hombre intentaba mantener el cuerpo completamente inmóvil. Cada vez que la cuerda giraba, contenía la respiración. Sabía perfectamente que las malditas eran venenosas. Uno de los hombres de Matthias se había encargado de explicárselo antes de dejarlo allí.

Matthias permanecía a unos metros.

Tenía las mangas de la camisa recogidas hasta los antebrazos y miraba su reloj con una tranquilidad que comenzaba a ser más insoportable que cualquier amenaza.

—Llevamos demasiado tiempo con esto —dijo el hombre finalmente.

Matthias levantó la mirada.

—Estoy de acuerdo.

El prisionero tragó saliva. Una vena se marcaba en su frente por el esfuerzo de mantener la cabeza elevada cuanto podía para mirar hacia él.

—Ya te dije todo lo que sé.

Matthias negó lentamente.

—Me dijiste todo lo que decidiste contarme. No es lo mismo.

Francesco permanecía cerca de la puerta acompañado por dos hombres. No había intervenido desde que llegaron. Conocía a Matthias lo suficiente para saber que aquella conversación terminaría cuando obtuviera lo que había ido a buscar.

—No hay nadie más —insistió el hombre.

Matthias volvió a mirar el reloj.

—Dentro de unas horas tengo un compromiso al que asistir.

El prisionero soltó una respiración desesperada.

—¡Entonces vete!

Matthias levantó los ojos hacia él.

—Puedo hacerlo.

La respuesta pareció darle esperanza durante apenas un instante.

—Hazlo. Ya te dije todo.

Matthias metió las manos en los bolsillos y observó las serpientes debajo de él.

—También puedo dejarte como estás.

El hombre palideció.

—¿Qué?

—Mis hombres no tienen ningún problema en vigilarte.

Matthias habló con la misma tranquilidad con la que habría discutido cualquier asunto de negocios.

—Puedes permanecer ahí hasta que mueras o hasta que una de esas serpientes consiga alcanzarte. Lo que ocurra primero.

El hombre intentó levantar todavía más la cabeza.

—Estás enfermo.

Matthias no reaccionó.

—Y tú sigues perdiendo mi tiempo.

Una de las serpientes se desplazó justo debajo del rostro del prisionero. El movimiento consiguió que este intentara elevar el torso por reflejo y la cuerda comenzó a girar. Un grito se le escapó mientras balanceaba el cuerpo desesperadamente hasta recuperar cierta estabilidad.

Matthias esperó.

Cuando volvió a mirarlo, el hombre respiraba con dificultad.

—Sé que hay otro implicado.

El prisionero cerró los ojos.

—No. Ya te dije que nadie más estuvo involucrado.

—Mientes.

—Te equivocas.

Matthias dio un paso hacia él.

—No acostumbro equivocarme cuando se trata de personas que han decidido meterse con mi familia.

El hombre abrió los ojos.

Algo en aquella frase consiguió que el miedo aumentara.

Matthias lo vio.

—Dame el nombre.

—No tengo ningún nombre —insistió mientras el desespero crecía. La salgre llegaba a su cabeza.

—Entonces dame lo que tengas.

El hombre negó con la cabeza.

—Me matará —soltó y Matthias miró brevemente hacia abajo.

—Tu preocupación inmediata debería ser otra.

El prisionero siguió la dirección de sus ojos y vio una de las serpientes pasar lentamente bajo él.

—Hijo de puta.

—Eso tampoco es un nombre.

Francesco desvió la mirada durante un instante para ocultar una sonrisa que no llegó a formarse por completo.

El hombre suspendido comenzó a respirar cada vez más rápido. Llevaba suficiente tiempo allí para saber que Matthias no estaba fingiendo. Podía marcharse y dejarlo colgado durante horas. Quizá días.

—Está bien.

Matthias no se movió.

—¿Qué has dicho?

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