La madrugada avanzaba en absoluto silencio por los corredores de la mansión. En la habitación, Davinna no lograba conciliar el sueño; el estrés y el hambre del embarazo le revolvían el estómago. Como apenas había probado bocado en todo el día, decidió bajar a la cocina por algo de comer. Llevaba una pijama de seda muy corta, de short y blusa fina de tirantes, que apenas la cubría pero resultaba cómoda para el calor que sentia esa noche.
Salió descalza al pasillo esperando que todos estuvieran dormidos y bajó las escaleras de prisa. Al llegar a la enorme cocina, fue directo al refrigerador y sacó algo de fruta y queso. Al abrir la alacena en busca de algo dulce, vio una caja de galletas de mantequilla en el estante superior. Se puso de puntillas y estiró los brazos, intentando alcanzarla sin éxito.
Estaba tan concentrada que no escuchó a Matthias entrar. Llevaba un pantalón de pijama gris y una playera negra de algodón ajustada al torso. Se detuvo a observarla en silencio. Miró la forma de sus nalgas bajo la seda y se frotó la barba, al levantársele la blusa, la línea fina de su espina dorsal quedó expuesta. Matthias pasó saliva, recordando haber recorrido esa misma piel con las manos mientras la sujetaba del cabello para embestirla con fuerza aquella noche, y sintió una punzada de deseo inmediato que le tensó la entrepierna.
Davinna soltó una maldición entre dientes y, en ese instante, Matthias se pegó a su espalda. Con una leve sonrisa, estiró el brazo por encima de ella y tomó la caja sin esfuerzo.
Davinna dio un brinco por la cercanía repentina, pero apretó los dientes y decidió no mostrarse alterada. Sin darse la vuelta ni mirarlo, tomó las galletas y se sirvió un vaso de leche fría.
Matthias se divirtió ante su patetico intento de ignorarlo, luego vio lo poco que pretendía cenar, abrió el refrigerador y sacó pavo, pan y más comida. Sirvió una porción abundante sobre la barra y se pegó de nuevo a su costado.
—Tienes que comer más que esto —murmuró cerca de su oído—. Mi hijo tiene que nacer sano... igual que su padre —soltó orgulloso.
Davinna mantuvo la mirada en el plato. Eso era una montaña de comida.
—No quería incomodar a la señora de la casa bajando a cenar temprano —respondió con sarcasmo. Necesitando sacar lo que pensaba.
—Devora no es la señora de esta casa. Ya te lo dije.
—Pues para no serlo se toma el papel muy en serio —replicó ella—. Tu cuñada es sumamente atenta contigo. Hasta se desvela esperando tu regreso.
Matthias entendió de inmediato que lo decía porque había visto a Devora salir de su dormitorio. Pero él no le debía explicaciones a nadie, así que se inclinó hacia delante con el pretexto de tomar una cuchara del cajón lateral. Su pecho se pegó a la espalda de Davinna y su muslo presionó el short de seda. Se acercó a su cuello y respiró el aroma de su piel.
—Parece que no era la única que esperaba mi regreso esta noche —dijo con descaro.
Davinna se hizo a un lado de golpe, rompiendo el contacto para mirarlo de frente.
—No podía dormir en una casa ajena, no te confundas —soltó—. Sin embargo, acepto vivir bajo tu techo.
Por dentro, Davinna había considerado varias formas de escapar durante la tarde, pero ninguna tenía un final en el que él no apareciera para impedirlo. Era un mafioso peligroso, pero también era el papá de su hijo.
—Sé que no hay otra salida —continuó firme—. Pero tengo un par de condiciones.
Matthias soltó una carcajada corta.

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