Davinna sonrió con una lentitud deliberada.
No porque estuviera particularmente feliz de ver su escena de celos.
Sino porque acababa de recordar lo dolorosamente enfadada que estaba con él.
—Mira quién decidió aparecer —soltó ella, apoyando mejor las manos sobre la piedra sin hacer el menor intento por cubrirse.
Matthias tiró el saco al suelo con brusquedad, guardó el teléfono en el bolsillo y avanzó hacia ella a pasos largos y amenazantes.
—¿Qué carajos llevas puesto? —exigió saber con la voz áspera y bronca.
Davinna bajó la mirada hacia su propio pecho, rozando con la yema del dedo la curva de su seno donde el bañador dejaba poco a la imaginación.
—Creo que se llama bañador —respondió con inocencia.
Matthias no respondió. Acortó los metros que los separaban en dos zancadas feroces. Antes de que ella pudiera reaccionar o levantarse por completo, la agarró del brazo con fuerza —lo suficiente para fijarla, pero protegiendo su cuerpo— y la tiró hacia arriba, pegándola de golpe contra la dureza de su torso cubierto por la camisa.
El impacto le sacó el aire a Davinna. La mano de él en su brazo era un grillete de carne y hueso, y el calor del pecho de Matthias le abrasó la piel desnuda de los pechos.
—Tapate —siseó él, mirándola desde arriba con los ojos inyectados en sangre.
Davinna sintió que la ira le explotaba dentro al verse acorralada y manipulada como si fuera un objeto de su propiedad. Se agitó contra él, intentando zafarse del agarre.
—¡Suéltame, imbécil! —le gritó a la cara, sosteniéndole la mirada sin parpadear—. ¡Eres el papá de mi hijo, no mi puto dueño! ¡Entiéndelo de una maldita vez! Si quiero desnudarme o buscarme a alguien más para pasar el rato, ¡lo hago cuando me dé la gana!
La sola mención de otro hombre fue una chispa en un barril de pólvora.
Matthias apretó los dedos en su brazo y se inclinó sobre ella hasta que sus narices casi se tocaron.
—Escúchame bien, pastelito —dijo él con una voz tan baja, oscura y peligrosa que pareció un rugido animal—. Nadie más va a ponerle una mano encima a este cuerpo. Nadie va a meter su verga en mi mujer. ¿Entendido? Eres mía.
Aquella palabra, su mujer, pronunciada por un tipo que estaba a días de ponerle un anillo a Bianca Vitale, le dio tanta rabia a Davinna que el cuello se le tiñó de rojo.
—¡Yo no soy nada tuyo, maldito neurótico! —le escupió.
Con una fuerza impulsada por el despecho, Davinna le dio un empujón violento en el pecho que lo tomó desprevenido, logrando zafrarse de su agarre. Sin pensarlo dos veces, dio un paso atrás, se giró y se arrojó al agua de la piscina.

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